Fecha: 25 de octubre de 2026

Queridos amigos y amigas:

Cualquier inicio de curso lleva implícito un deseo, un propósito, un sueño. Máxime si ese designio se vive desde una espiritualidad conyugal como son los Equipos de Nuestra Señora (ENS), un movimiento donde dos se hacen uno para ser —en Dios— tres.

Estos días compartimos el comienzo de curso de esta metodología de vida en equipo que encuentra su raíz al calor del hogar de Nazaret. Desde aquel 1939, cuando se celebró la primera reunión de cuatro matrimonios y el sacerdote Henri Caffarel en París y donde se eligió el nombre de Equipo Nuestra Señora, este milagro nacido de los ojos del mismo Dios sigue vivo. No son pocas las veces que he sido testigo de estos encuentros que, de una manera admirable, ponen de manifiesto la radicalidad del amor, vivido desde la oración, la fidelidad y la implicación en muchas parroquias de nuestra diócesis. Estos encuentros, pensados para dar respuesta a los matrimonios que busquen ser felices siguiendo juntos a Cristo y cumpliendo su voluntad, se resguardan bajo el amparo de Nuestra Señora porque es María quien les ayuda a acercarse a Jesucristo: el centro de la vida espiritual de los miembros de los ENS.

Henri Caffarel (en proceso de canonización desde 2004) supo escuchar aquella pregunta que nacía del corazón de unos matrimonios jóvenes: ¿cómo ir más allá en las promesas del Bautismo? ¿Cómo hacer de la vida en pareja un verdadero camino de fe? Quizá ahí comenzó a abrirse una de esas pequeñas puertas por las que Dios entra en las grietas de la historia.

Cuando dos esposos se miran desde Cristo, el matrimonio deja de ser únicamente un proyecto humano para convertirse en un hogar de encuentro con Dios. Así nació esta espiritualidad conyugal: con la certeza de que el amor vivido en la alianza matrimonial puede ser un camino de santidad, un espacio de gracia y un anuncio silencioso del Evangelio. San Pablo recuerda que «nos apremia el amor de Cristo» (2Co 5,14). También en el matrimonio. Porque amar no es solamente ser una sola carne, sino aprender cada día a permanecer el uno en el otro y ambos en Dios. En ese «ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6), se esconde una profunda belleza: cuando el amor se deja poblar enteramente por Dios, el hogar se convierte en una pequeña Iglesia doméstica, en una mesa donde el Evangelio se hace cotidiano, humilde y verdadero.

Amigos y amigas de los ENS: ¡gracias por el bien que habéis hecho —y que cada día hacéis— en nuestra diócesis tortosina! Volved a deciros «sí», volved a elegiros, volved a miraros como el primer día y reconoced que la historia compartida aún no está terminada, porque Dios sigue escribiendo en ella. Y aprended, a cada instante, a miraros como Dios os mira. Porque cuando un matrimonio se abre a Cristo, su amor deja de ser solamente una historia entre dos: se convierte, silenciosamente, en una historia de tres.