Fecha: 28 de junio de 2026

Ante la concentración del capital y del poder en unas pocas manos, el Magisterio reciente de la Iglesia ha introducido críticamente categorías como la «cultura del descarte». El papa Francisco denunciaba un sistema que no solo excluye, sino que considera prescindibles a los más vulnerables. Esta exclusión está íntimamente vinculada a la acumulación extrema: mientras algunos concentran recursos más allá de cualquier necesidad razonable, otros quedan privados de lo necesario para una vida digna. En un mundo de recursos limitados, esta dinámica revela el carácter estructural del pecado social.

Sin embargo, la respuesta eclesial no es meramente denunciadora, sino también propositiva. De ahí que el papa León XIV, en su reciente encíclica Magnifica humanitas, antes de abordar propiamente la cuestión de la inteligencia artificial, proponga los fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia (cap. II). En cuanto a los fundamentos, estos se describen en tres puntos: el ser humano como imagen del Dios trinitario, la igual dignidad de todos los seres humanos y el altísimo valor de los derechos humanos (MH 48-58). A continuación, articula cinco principios fundamentales: el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social (MH 59-81).

Esto implica promover formas de organización económica que limiten la concentración excesiva de poder, fomenten la participación y aseguren una distribución equitativa de los recursos. También implica una conversión ecológica y espiritual: reconocer que la creación es un don y no un objeto de dominio absoluto.

Por todo ello, la tesis central de Magnifica humanitas, frente a los grandes oligarcas del siglo XXI, podría resumirse así: la tecnología es legítima cuando sirve a la persona humana y al bien común; se vuelve peligrosa cuando concentra poder, convierte a las personas en datos y permite que unos pocos decidan el destino de todos. En este sentido, la encíclica es para la «revolución digital» lo que la Rerum Novarum de León XIII fue para la «revolución industrial»: un intento de poner límites morales al poder económico dominante de su tiempo.

Finalmente, todas estas cuestiones convergen en una profunda intuición pastoral: la crisis económica, social y ecológica es inseparable de una crisis de sentido. Cuando la economía se desvincula de la moral, se vuelve incapaz de responder a la vocación integral de la persona humana. Ante el auge de los megarricos en un planeta finito, la Iglesia propone un camino de conversión que pasa por recuperar la centralidad del bien común, la fraternidad y el cuidado de la casa común.

Así, más que una simple crítica al sistema, la Doctrina Social de la Iglesia ofrece una esperanza: la posibilidad de una economía reconciliada con la persona y con la creación, donde la riqueza sea compartida y orientada al servicio de todos, especialmente de los más pobres. Esta es, en definitiva, una llamada evangélica a transformar las estructuras del mundo a la luz de la caridad y de la justicia.

Vuestro,