Fecha: 21 de mayo de 2023

Estimadas y estimados. En el Dietario de un peregrino en Tierra Santa, mosén Cinto Verdaguer nos habla de la huella que Jesús, al subir al cielo, dejó marcada en el Monte de los Olivos. Dice así: «Encuadrada entre piezas de mármol blanco, se ve impresa en la roca su huella divina mirando al Occidente. Desde allí tomó el vuelo el Hijo de Dios al volverse a los brazos de su Padre celestial, y es allí, según creencia común, donde bajará el día último de los tiempos a juzgar a los vivos y a los muertos y a pesar lo que habrán dejado de polvo o de perfume todas las generaciones de la tierra».

Se trata de una tradición antigua muy poética y de gran sentido teológico. Hablan muchos santos Padres de la antigüedad cristiana. San Agustín nos dice que Jesús, cuando ascendió al cielo, dejó marcadas sus huellas en el mismo lugar desde donde envió a los apóstoles a los pueblos paganos.

Es ésta la gran huella que Jesús ha dejado bien marcada en el mundo: la misión de los apóstoles y de todos los discípulos estructurada en Iglesia. Es una huella más segura y más visible que la de la roca en el Monte de los Olivos. Por esta huella encontramos a Jesús, le seguimos y podemos llegar a donde él ha llegado. Es una huella que tiene muchos aspectos y derivaciones. Las catedrales, las cruces de término, las iglesias y los campanarios de los pueblos, las ermitas más recónditas, los santuarios marianos en nuestras montañas…, y las obras de la caridad cristiana de la que podríamos decir, también, que son huellas que nos ha dejado Jesús al subir al cielo.

Pero sobre todo nosotros, con nuestra fe y con nuestro comportamiento cristiano, somos huellas de Jesús. Él nos ha dicho: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.» (Mt 28, 19-20). Nosotros estamos convertidos y bautizados, y nos ha enseñado a guardar todo lo que él ha mandado. Y nuestra misión es la de convertirnos en huellas de Jesús en medio de las inquietudes y esperanzas de este mundo. Es lo que el papa Francisco pedía en una víspera de oración con jóvenes: «Jesús no es el señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús es necesaria una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, ésta alegría que nace del amor de Dios, la alegría que deja en tu corazón cada gesto, cada actitud de misericordia. Ir por los caminos siguiendo la «locura» de nuestro Dios que nos enseña a encontrarle en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el amigo caído en desgracia, en el que se encuentra en la cárcel, en el prófugo y el emigrante, en el vecino que se encuentra solo […]. Hoy, Jesús que es el camino, te llama a ti, te llama a dejar tu huella en la historia. Él, que es la vida, te invita a dejar una huella que llene de vida tu historia y la de tantos otros» (Cravovia, Polonia 30 de julio de 2016).

Cumplámoslo, pues, también nosotros. Y no borremos la huella de Jesús en nuestros corazones. Hagamos que, cuando vuelva, no encuentre polvo, sino perfume.

Vuestro,