Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomamos el camino de las catequesis, tras las vacaciones de agosto, pero hoy desearía hablaros de mi viaje a Brasil, con ocasión de la Jornada mundial de la juventud. Ha pasado más de un mes, pero considero que es importante volver sobre este evento, y la distancia del tiempo permite percibir mejor su significado.

Ante todo quiero dar las gracias al Señor, porque es Él quien ha guiado todo con su Providencia. Para mí, que vengo de las Américas, fue un bello regalo. Y por esto agradezco también a Nuestra Señora Aparecida, que acompañó todo este viaje: hice la peregrinación al gran Santuario nacional brasileño, y su venerada imagen estaba presente sobre el palco de la JMJ. Estuve muy contento con esto, porque Nuestra Señora Aparecida es muy importante para la historia de la Iglesia en Brasil, pero también para toda América Latina; en Aparecida los obispos latinoamericanos y del Caribe vivimos una Asamblea general, con el Papa Benedicto: una etapa muy significativa del camino pastoral en esa parte del mundo donde vive la mayor parte de la Iglesia católica.

Aunque ya lo hice, quiero renovar la gratitud a todas las autoridades civiles y eclesiásticas, a los voluntarios, a la seguridad, a las comunidades parroquiales de Río de Janeiro y de otras ciudades de Brasil, donde los peregrinos fueron acogidos con gran fraternidad. En efecto, la acogida de las familias brasileñas y de las parroquias fue una de las características más bellas de esta JMJ. Buena gente, estos brasileños. ¡Buena gente! Tienen verdaderamente un gran corazón. La peregrinación comporta siempre incomodidades, pero la acogida ayuda a superarlas y, más aún, las transforma en ocasiones de conocimiento y de amistad. Nacen vínculos que después permanecen, sobre todo en la oración. También así crece la Iglesia en todo el mundo, como una red de verdaderas amistades en Jesucristo, una red que mientras te atrapa te libera. Así que, acogida: y ésta es la primera palabra que emerge de la experiencia del viaje a Brasil. ¡Acogida!

Otra palabra que resume puede ser fiesta. La JMJ es siempre una fiesta, porque cuando una ciudad se llena de chicos y chicas que recorren las calles con las banderas de todo el mundo, saludándose, abrazándose, ésta es una verdadera fiesta. Es un signo para todos, no sólo para los creyentes. Pero después está la fiesta más grande, que es la fiesta de la fe, cuando juntos se alaba al Señor, se canta, se escucha la Palabra de Dios, se permanece en silencio de adoración: todo esto es el culmen de la JMJ, es el verdadero objetivo de esta gran peregrinación, y ello se vive de modo particular en la gran Vigilia del sábado por la tarde y en la Misa final. Eso es: ésta es la fiesta grande, la fiesta de la fe y de la fraternidad, que inicia en este mundo y no tendrá fin. ¡Pero esto es posible sólo con el Señor! ¡Sin el amor de Dios no hay verdadera fiesta para el hombre!

 

Acogida, fiesta. Pero no puede faltar un tercer elemento: misión. Ésta JMJ se caracterizaba por un tema misionero: «Id y haced discípulos a todas las naciones». Hemos oído la palabra de Jesús: ¡es la misión que Él da a todos! Es el mandato de Cristo Resucitado a sus discípulos: «id», salid de vosotros mismos, de toda cerrazón, para llevar la luz y el amor del Evangelio a todos, hasta las extremas periferias de la existencia. Y fue precisamente este mandato de Jesús lo que confié a los jóvenes que llenaban, hasta donde se pierde la vista, la playa de Copacabana. Un lugar simbólico, la orilla del océano, que hacía pensar en la orilla del lago de Galilea. Sí, porque también hoy el Señor repite: «Id…», y añade: «Yo estoy con vosotros todos los días…». ¡Esto es fundamental! Sólo con Cristo podemos llevar el Evangelio. Sin Él no podemos hacer nada —lo dijo Él mismo (cf. Jn 15, 5). Con Él, en cambio, unidos a Él, podemos hacer mucho. También un muchacho, una muchacha, que a los ojos del mundo cuenta poco o nada, a los ojos de Dios es un apóstol del Reino, es una esperanza para Dios. A todos los jóvenes desearía preguntar con fuerza, pero no sé si hoy en la plaza hay jóvenes: ¿hay jóvenes en la plaza? ¡Hay algunos! Desearía, a todos vosotros, preguntar con fuerza: ¿queréis ser una esperanza para Dios? ¿Queréis ser una esperanza, vosotros? [jóvenes: «¡Sí!»] ¿Queréis ser una esperanza para la Iglesia? [jóvenes: «¡Sí!»] Un corazón joven que acoge el amor de Cristo, se transforma en esperanza para los demás, es una fuerza inmensa. Pero vosotros, chicos y chicas, todos los jóvenes, ¡vosotros debéis transformarnos y transformaros en esperanza! Abrir las puertas hacia un mundo nuevo de esperanza. Ésta es vuestra tarea. ¿Queréis ser esperanza para todos nosotros? [jóvenes: «¡Sí!»] Pensemos en qué significa esa multitud de jóvenes que han encontrado a Cristo resucitado en Río de Janeiro y llevan su amor a la vida de todos los días, lo viven, lo comunican. No terminan en los periódicos, porque no cometen actos violentos, no hacen escándalos, y por lo tanto no son noticia. Pero, si permanecen unidos a Jesús, construyen su Reino, construyen fraternidad, participación, obras de misericordia, son una fuerza poderosa para hacer el mundo más justo y más bello, para transformarlo. Desearía preguntar ahora a los chicos y chicas, que están aquí, en la plaza: ¿tenéis el valor de recoger este desafío? [jóvenes: «¡Sí!»] ¿Tenéis el valor o no? He oído poco… [jóvenes: «¡Sí!»] ¿Os animáis a ser esta fuerza de amor y de misericordia que tiene la valentía de querer transformar el mundo? [jóvenes: «¡Sí!»].

Queridos amigos, la experiencia de la JMJ nos recuerda la verdadera gran noticia de la historia, la Buena Nueva, aunque no aparece en los periódicos ni en la televisión: somos amados por Dios, que es nuestro Padre y que ha enviado a su Hijo Jesús para hacerse cercano a cada uno de nosotros y salvarnos. Ha enviado a Jesús a salvarnos, a perdonarnos todo, porque Él siempre perdona: Él siempre perdona, porque es bueno y misericordioso. Recordad: acogida, fiesta y misión. Tres palabras: acogida, fiesta y misión. Que estas palabras no sean sólo un recuerdo de lo que tuvo lugar en Río, sino que sean alma de nuestra vida y de la de nuestras comunidades

 

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