Fecha: 18 de octubre de 2026
En la Visita Pastoral a los barrios de Ponent de Tarragona, las catequistas plantearon una reflexión crítica sobre el concepto de «catequesis finalista»: «A veces nos esforzamos mucho —afirmaba una catequista—, pero parece que el objetivo sea únicamente la foto y la fiesta, y después ya está». Decimos a menudo: «Será la primera comunión y la última». Con todo, ¿nos hemos preguntado realmente cómo vive el niño toda aquella experiencia de preparación y de fiesta? ¿No tiene mucha importancia para él? ¿No será, quizá, una experiencia positiva de fe y de contacto con la Iglesia que podrá marcarle para toda la vida?
Ahora que hemos iniciado un nuevo curso, me hago estas preguntas a propósito de lo que escribe Albert Camus (1913-1960) sobre su primera y, según parece, última comunión (1924). Como es sabido, Camus, filósofo francés de origen argelino, premio Nobel de Literatura en 1957, fue considerado, junto con Jean-Paul Sartre, uno de los principales representantes del llamado existencialismo. En sus años de juventud se había interesado por los primeros filósofos cristianos. Incluso su trabajo de fin de carrera lleva por título «Metafísica cristiana y neoplatonismo» (1936). Pero pensadores como Nietzsche y Schopenhauer le abrieron el camino hacia el pesimismo y el ateísmo.
Ahora bien, en su novela El primer hombre, en gran parte autobiográfica, publicada treinta años después de su muerte, rememora su primera comunión. Se trata de una novela que quiere ser un homenaje a su familia, emigrante a Argelia. Homenaje —afirma— «a esta familia pobre: arrancarla del destino de los pobres, que es desaparecer de la historia sin dejar rastro». Recuerda sobre todo a su madre, analfabeta, originaria de Menorca, una mujer «callada, dulce, amorosa». Camus le dedica la novela con estas palabras: «Para ti, que nunca podrás leer este libro».
El supuesto ateo o agnóstico Camus anotó en el cuaderno para su novela inacabada: «Mi madre es Cristo»; «no conoce la vida de Cristo, salvo la cruz; sin embargo, ¿quién está más cerca de él?». En su paupérrima familia no se hablaba de religión. «No había tiempo». Su madre «era la única cuya dulzura podía hacer pensar en la fe». Pero es la abuela —la que manda en la familia de viudas— quien decide que Albert debe hacer la primera comunión. «Se era católico como se era francés». Hay que cumplir con los grandes ritos y después «sobrevivir». Cuarenta años más tarde, Camus recuerda aquella brevísima relación con la Iglesia: el niño de diez años va tan solo tres meses al catecismo, después de un tira y afloja con el párroco. Conoce a un sacerdote bondadoso y a otro que le da algún pescozón. Aprende de memoria unas respuestas sin entenderlas. Y, terminada la ceremonia, todo ha acabado. Pero, cuarenta años después, también recuerda que, en algunas celebraciones preparatorias de la del gran día, sintió que «el misterio cálido, interior e impreciso lo inundaba». Ayudado, piensa él, por «el órgano que le permitía escuchar una música que oía por primera vez…». «Un misterio sin nombre» que más bien «ensanchaba el misterio cotidiano de la sonrisa o del silencio de su madre cuando él entraba en el comedor».
Vuestro.


