Fecha: 5 de julio de 2026
Este domingo en la S.I.C. de Sant Llorenç, nuestra diócesis celebrará con alegría la ordenación de dos diáconos permanentes.
El Concilio Vaticano II recuperó el diaconado permanente como un grado propio del ministerio ordenado, no “en orden al sacerdocio”, sino “en orden al servicio”. Esta distinción es decisiva.
El diácono no es un medio cura, ni un suplente, ni una figura de segunda fila. Es memoria viva que la Iglesia solo es de Cristo cuando se arrodilla para lavar los pies, cuando escucha el clamor de los pobres, cuando pone la tabla de la Palabra y de la Eucaristía y de la caridad en medio del pueblo.
El papa Francisco en el Jubileo de los Diáconos resumió la vocación de los diáconos con tres palabras: perdón, servicio desinteresado y comunión. ¡Qué belleza! En un mundo atrapado por la prisa, la sospecha y la indiferencia, un diácono es alguien que aprende a hacer de puente entre el altar y la calle, entre la liturgia y los heridos de la vida, entre la comunidad cristiana y aquellos que quizás nunca entrarán por la puerta del templo si antes no encuentran una mano abierta.
Los diáconos sirven cuando predican el Evangelio, llevan la voz de los pobres a la Iglesia y llevan el rostro de la Iglesia a los pobres. Por eso allá donde haya un diácono el vínculo con los empobrecidos y los alejados tiene que ser más evidente como consecuencia del anuncio de la Palabra.
También el papa León XIV nos recuerda que todos los ministerios nacen de una vida entregada al Reino de Dios y vivida en comunión. Por eso, estos dos nuevos diáconos nos ayudarán a construir nuestra diócesis como una Iglesia menos preocupada por conservarse y más dispuesta a darse; menos “clericalizadora” y más samaritana; menos cerrada y más misionera.
Ayudemos a los diáconos a vivir con alegría, humanidad y sencillez su vocación. Gracias, Esteve y Juan Antonio por vuestra disponibilidad. Gracias estimados diáconos y aspirantes a diáconos de nuestra diócesis, gracias a vuestras familias y comunidades. Que todos juntos demos testimonio de que la Iglesia empieza siempre allí donde alguien se inclina para servir.


