Fecha: 5 de julio de 2026

Ésta es la frase de Antoni Gaudí que apareció en el cielo de Barcelona en el momento en que la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia iluminaba la ciudad con motivo de su bendición por parte del Papa León XIV, el pasado 10 de junio. Fue el broche de oro de una magnífica celebración de la fe. Fue una obra de la técnica humana hecha a base de “drones” que mostraba cómo la técnica está al servicio de las mayores aspiraciones humanas y de la verdad de Dios.

Las palabras del Santo Padre en sus homilías durante el viaje apostólico a nuestro país nos han ayudado a profundizar en el amor de Dios que ilumina el corazón humano. El día de Corpus, en la Plaza de Cibeles en Madrid, reflexionaba sobre la vivencia de ese amor desde la presencia real del Señor en la Eucaristía, “el don de la presencia viva de Cristo en medio nuestro”, decía el Papa, “que entrega su vida por nosotros y nos hace entrar en comunión de amor con Dios de Trinidad, y que es el pan de vida bajado del cielo que nos alimenta con la misma vida de Dios”.

León XIV nos invitaba a hacer de la fe que brota de esta fuente eucarística una escuela que nos hace arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, donde aprendemos “que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común”.

Este mensaje volvió a aparecer en la homilía en la Misa en la Sagrada Familia. En esta ocasión tomó la imagen de la construcción del templo para recordarnos que todos somos como piedras vivas de esta obra que tiene en Jesucristo su cimiento y su cima, y ​​que estamos construyendo entre todos, porque ”la fe da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos”.

Y aquí, la palabra del pontífice fue todavía más exigente para nosotros ya que nos recuerda que «no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria». El amor de Dios, que precede a nuestro amor y que nos hace vivir de este amor, nos debe llevar a que sea el eje sobre el que vertebrar nuestra existencia. Alzar la mirada para un creyente es mirar a Jesucristo en la cruz, y también resucitado, y desde él mirar al mundo con ojos renovados, porque como nos recordaba el Papa “la torre de la cruz se convierte entonces en un estandarte de caridad, porque Dios nos ama así, transformando un instrumento de muerte en signo de esperanza”.

Las palabras del Papa no caen en un saco roto y vacío, sino que deben ser y son para nosotros como una brújula que orienta nuestra vivencia de la fe y la acción y el compromiso como cristianos en medio de una sociedad que prioriza el materialismo, el utilitarismo y la tecnificación. Hace más de 100 años Gaudí ya lo expresó así, como hombre creyente que era, arraigado sólidamente en el amor de Dios. El Papa León nos lo ha recordado cómo la verdad capaz de iluminar la noche del ser humano y sus oscuridades.