Fecha: 26 de julio de 2026
Hay cuestiones que, explicadas solo desde la norma, pueden sonar a prohibición; pero, leídas desde la dimensión sacramental de la Iglesia, revelan una pedagogía profunda. ¿Por qué un laico o una laica no puede pronunciar la homilía dentro de la Eucaristía, pero sí puede predicar o hacer una reflexión en una liturgia de la Palabra?
La respuesta no nace de la desconfianza hacia los laicos. Al contrario. El Concilio Vaticano II nos ha ayudado a redescubrir la dignidad bautismal de todo el Pueblo de Dios. Cada bautizado es discípulo misionero, llamado a anunciar el Evangelio con la vida, la palabra, el testimonio, el servicio y el compromiso en medio del mundo. Sin los laicos, la Iglesia sería menos evangélica, menos encarnada y menos misionera.
Pero la Eucaristía no es una reunión cualquiera. Es el sacramento fontal donde la Iglesia se manifiesta como Cuerpo de Cristo. El Vaticano II dice que la Iglesia es, en Cristo, “como un sacramento” (LG 1), es decir, signo e instrumento de la comunión con Dios y de la unidad de la humanidad. Por eso, en la liturgia, los signos expresan lo que la Iglesia es y celebra. La Palabra proclamada, el altar, el ministro ordenado, la asamblea y el pan partido forman una única acción sacramental.
La homilía de la misa, por tanto, no es simplemente una charla, una breve catequesis o un comentario bíblico. Forma parte de la misma acción litúrgica y está unida al misterio que después se hará presente en el altar: Cristo que habla a su pueblo y Cristo que se entrega en la Eucaristía. Por eso la Iglesia la confía al obispo, al presbítero o al diácono, que han recibido sacramentalmente el ministerio de servir, enseñar y presidir en comunión con la Iglesia.
En cambio, en una liturgia de la Palabra, una oración comunitaria, una vigilia o un encuentro formativo, un laico preparado puede predicar y ayudar a la comunidad a escuchar el Evangelio. No sustituye la homilía de la misa; despliega su misión bautismal.
No se trata de limitar al Espíritu, sino de respetar la belleza de los signos. Cuando cada ministerio sirve desde el don recibido, toda la Iglesia habla mejor de Cristo.


