Fecha: 3 de mayo de 2026

Estimados amigos y amigas:

Quiero comenzar esta glosa poniendo la mirada en un hogar humilde, escondido y silencioso: el de Nazaret. Allí, a la intemperie de lo cotidiano, donde la fe se cultivaba con amor, se revela un misterio insondable. Jesús, el Hijo de Dios, quiso conocer el cansancio de la jornada, el sudor del esfuerzo, la paciencia desnuda del oficio. María cuidaba cada detalle y sostenía el peso del hogar. José trabajaba con sus manos y obraba con quietud en la fidelidad sencilla de cada día. Y, en medio de ellos, Dios crecía trabajando.

Con motivo del 1 de mayo, en el que celebramos el Día Internacional de los Trabajadores, nuestros ojos se funden con los de tantos hombres y mujeres de nuestra diócesis tortosina, en gran parte rural, sembrada en medio de un territorio que muchas veces se siente vaciado, olvidado, silencioso; y, sin embargo, profundamente vivo. En el corazón de esta tierra, Nazaret nos recuerda que el trabajo no es solo un camino para alcanzar un determinado bienestar, sino una forma de amar, una manera concreta de entregarse, un lugar donde Dios se hace presente.

Pienso en los campesinos que madrugan antes de que despunte el sol, en los agricultores que cultivan la tierra con esperanza, en los pescadores que desafían el mar, en los trabajadores de pequeñas empresas, en quienes sostienen comercios, en quienes cuidan de otros, en quienes trabajan desde casa, en quienes buscan empleo sin perder la dignidad, aunque el fruto no siempre sea seguro. Pienso, también, en quienes viven el trabajo con precariedad o con un cansancio repleto de incertidumbres.

El Señor, en el Evangelio, cuando es perseguido por los judíos al hacer milagros en sábado, pronuncia una verdad profunda. Profiere unas palabras que realzan el sentido redentor de nuestros esfuerzos, cuando se llevan a cabo desde el servicio: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo» (Jn 5,17). Dios no es ajeno a nuestras fatigas; al contrario, se hace uno con ellas, se adentra en su dolor cuando ya no podemos más.

El trabajo es digno porque es participación en la obra creadora de Dios, y es «una clave esencial de toda la cuestión social», como escribió el Papa san Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens (n. 3). Y esa dignidad se hace visible en cada gesto sencillo: en las manos que se agrietan, en los pies que se desgastan, en los ojos que se apagan, en la mente que no deja de pensar cómo sacar adelante la vida, en ese desgaste silencioso que solo la fe plenifica. Pidámosle al Padre que nos enseñe a redescubrir el trabajo como camino de santidad; porque cuando se vive con amor, se transforma en una liturgia escondida y en una ofrenda que nace y culmina en el corazón de Dios.