Los acontecimientos en Ceuta y Melilla nos sitúan ante un drama humano, político y social que reclama verdad y responsabilidad. Los datos disponibles hablan de al menos 67 personas muertas en el mar. Esto es un terrible y verdadero drama humano: todas tienen nombre y rostro. También hablan de una entrada masiva de decenas de miles de personas en Ceuta, de las cuales, por el momento, más de 48.000 han retornado a Marruecos, según el Gobierno español. También se han vivido tensiones en Melilla, con el cierre temporal y la posterior reapertura del paso de Beni-Enzar.

Comparto la opinión de los expertos que han advertido de que no estamos ante un drama migratorio ordinario. El Servicio Jesuita a Migrantes ha señalado que “hay una confusión que busca hacer ver que estamos ante un fenómeno migratorio, pero esto va más allá”, y ha recordado que muchas de las personas que han entrado eran marroquíes, no migrantes procedentes de las rutas africanas clásicas. Por eso habla de una cuestión “eminentemente geopolítica”, en la que el fenómeno migratorio sería solo “la epidermis” de un problema más profundo.

Por tanto, debemos preguntarnos honestamente: ¿a quién puede beneficiar esta situación? No beneficia a las personas que se han lanzado al mar, muchas empujadas por la pobreza estructural, la desigualdad económica, la falta de trabajo y la frustración de un futuro bloqueado en Marruecos o en otros países africanos heridos por la guerra o el hambre. Tampoco beneficia a los ciudadanos de Ceuta y Melilla, a quienes queremos expresar nuestra solidaridad, y que tienen derecho a vivir con seguridad, sin sobresaltos y en una convivencia pacífica. Puede beneficiar, en cambio, a quienes utilizan la movilidad humana como instrumento de presión política, a quienes quieren tensar relaciones diplomáticas con posibles “amenazas híbridas”, a quienes juegan con el miedo social o a quienes convierten el sufrimiento ajeno y el miedo en rédito electoral. ¿Y si fuera esto lo que, de alguna manera, estuviera funcionando?

Tampoco me resulta creíble atribuir esta avalancha ni a una sentencia del Tribunal Supremo ni a la regularización vigente en España, que responde a perfiles concretos y no es indiscriminada. Tampoco parece razonable pensar que miles de jóvenes estén pendientes de la jurisprudencia española antes de jugarse la vida. De hecho, la inmensa mayoría han retornado a su país.

El papa León XIV, en Canarias, puso palabras evangélicas a esta herida: “Aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad”. Y añadía: “No son números ni expedientes”, sino personas “con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar”. También advertía a los migrantes: “No entreguen su existencia a quienes comercian con ella”, porque las falsas promesas son “cantos de sirena” e “industrias de muerte”.

También nos recordaba en las Islas Canarias que “no basta con gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras, por necesario que sea, o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido”. Hacen falta “vías legales y seguras”, una lucha decidida contra los traficantes, la búsqueda de la verdad de los relatos y, sobre todo, defender también “el derecho a no tener que migrar”.

+ Xabier Gómez OP

Bisbe responsable de Migracions i Interculturalitat de la CET

Autor de la fotografía: REDUAN /EFE