Fecha: 23 de agosto de 2026

Estimados amigos y amigas:

«El amor es duro, pero es nuestra esencia. Eso es lo que nos eleva por encima del resto de las otras criaturas». Estas palabras de santa Rosa de Lima, a quien celebramos hoy, serenan cualquier corazón que anhele un bálsamo de piedad en medio de la tiniebla. Ella tenía claro que no hay escalera mejor que nos eleve hasta los jardines del Cielo que la Cruz de Cristo.

Apodada Rosa por su belleza, fue aprendiendo a dejar que esa floración exterior se convirtiera en un ferviente signo interior: una vida escondida en Dios, sostenida por la oración, la penitencia y una pasión radical hacia los más pobres. En medio de la fragilidad económica que vivía su familia, la primera santa nacida en América abrió las puertas de su humilde hogar como refugio para necesitados y oprimidos, especialmente indígenas y mestizos. Con 17 años se confeccionó ella misma una túnica de áspera estameña, al estilo de la que usaban los terciarios franciscanos, como signo de expiación. Con 18 se recluye en una cabaña que construye en el huerto de su casa, donde hizo del silencio un lugar de encuentro con el dolor de la Humanidad y el misterio de la Cruz, que ella contemplaba como fuente de salvación. A los 20 años ingresa en la Tercera Orden de Santo Domingo, como laica dominica y virgen consagrada. Desde entonces, construye otra ermita de adobe para seguir con su vida de contemplación, piedad y ascesis.

Hoy, su ejemplo nos invita a redescubrir que no hay amor verdadero que no pase por el sendero de la Pasión. Y quizá, al mirarla, comprendamos que la santidad no es una huida del mundo, sino una forma más profunda de habitarlo. Es aprender a estar donde duele sin hacerse de piedra y a amar donde nadie quiere. Que santa Rosa de Lima nos devuelva esa delicadeza valiente de quien no teme entregarse hasta el extremo, y nos enseñe a reconocer que —incluso en la noche más oscura— puede florecer una rosa si el corazón permanece abierto al amor de Dios.