Fecha: 12 de julio de 2026

La misión nos pone siempre a todos contra las cuerdas. Tarde o temprano nos encontramos en escenarios complicados. La misión —como ya hemos ido diciendo— necesita tantos y tantos ingredientes; hoy quisiera hacer mención de uno muy preciado: la generosidad. Desde aquí recupero una expresión bastante habitual, «tener la mano rota», no para apelar a la incapacidad de gestionar estos acontecimientos complejos, sino justamente al contrario, para subrayar la grandeza de quienes, en la misión, no escatiman y saben que, en ciertos momentos, es necesario aportar algo más para seguir viviendo el Evangelio.

Musicalmente existe una expresión muy cercana: «dar el do de pecho». Esa nota tan aguda —imposible para muchos cantantes— exige un incremento de la concentración y de las capacidades para poder alcanzarla. En la misión también es necesario.

Hoy, sin embargo, debemos añadir que la misión —en cualquier contexto social— exige la administración de una economía. Ya hemos hablado de ello con anterioridad. El dinero no resuelve la misión, pero, según cuáles sean sus criterios de uso, puede favorecerla, y mucho. La misión exige un plus en lo que respecta a la aceptación de los retos del momento presente y en cuanto a la respuesta que es preciso generar. La valentía también la reconocemos por el criterio de nuestra generosidad. Ojalá que a lo largo de toda nuestra trayectoria seamos de aquellos que podamos llegar ante Dios con las manos bien vacías y, sobre todo, rotas, porque querrá decir que no nos hemos guardado nada para nosotros mismos.

Hoy vivimos contextos de una grandísima agresividad económica. Crisis, devaluaciones, deudas impagables… son términos que han circulado y circulan con frecuencia. Las leyes —salvajes— del comercio han configurado mentalidades exigentes, duras y nada amables. Al mismo tiempo, también es necesario hacer mención de la presencia de la avaricia. La economía ha ocupado buena parte de tantas y tantas tertulias —las especializadas y las de la calle—.

Desde la propuesta cristiana, por el contrario, reconocemos que hace más feliz dar que recibir. Se perfila un camino más favorable hacia un humanismo sensato y centrado en la dignidad que toda persona tiene y merece. Seamos de aquellos que, por fin, tenemos la mano rota. Nuestras riquezas no pueden ser las de este mundo. La misión nos invita a alzar la mirada bien arriba y bien lejos. Lo que perdemos cuando cerramos la mano a nuestro hermano necesitado es la oportunidad de liberarnos de las cosas que, en el fondo, nos esclavizan. Buscar las verdaderas riquezas debe llevarnos por el camino de un feliz desprendimiento de las cosas materiales.

La imagen de una mano herida nos remite —digámoslo todo— al dolor de Cristo traspasado por los clavos de la cruz. Sabemos que darlo todo deja huella. Pero es así como vamos construyendo el Reino de Dios, a base de donaciones pequeñas, sencillas y, al mismo tiempo, espléndidas y generosas. En nuestras comunidades esto sucede, y mucho. Encontramos la discreción de unos, los nervios de otros, la emoción de aquellos y la fidelidad de esos otros. La vida en las comunidades está construida sobre la base de estas entregas. La misión consiste en eso, en entregar la vida. Y lo más decisivo es que lo hacemos, y debemos hacerlo, sin esperar a ver los resultados. He aquí la pobreza y la grandeza. Pobreza porque los frutos no llegan siempre cuando uno lo prevé. Grandeza porque quienes saben apreciarlos y asumirlos los disfrutan y los valoran, por pequeños y escasos que sean. Ojalá tengamos siempre las manos bien abiertas y bien rotas para seguir con la misión encomendada.