Fecha: 18 de octubre de 2026
La semana pasada reflexionábamos sobre la felicidad en referencia al trabajo digno. Hoy acentuamos la alegría que experimentamos cuando rezamos. Cualquiera que se diga cristiano y lo sea de verdad es alguien que reza, es alguien que entra en diálogo con Dios. La oración tiene que ver con esta vinculación fuerte y espiritual con Aquel que nos conoce, nos ama y nos acompaña. La oración es como el aire que respiramos. Sin aire, morimos; sin oración, también. Una Iglesia que reza no solo se mantiene con vida, sino que vive plenamente y, por tanto, vive en comunión con Dios. Esta estrecha relación con Dios la reconocemos como comunión, es decir, como felicidad.
Hay muchas maneras de rezar —petición, agradecimiento, alabanza, intercesión—, pero todas persiguen la misma finalidad: la comunión con Él y con la humanidad. La Iglesia alza su voz y abre su corazón de par en par, como Moisés levantaba las manos bien alto para vencer las batallas más duras. Sin la oración, la Iglesia se hunde, porque se desconecta de Dios. La oración nos reaviva porque nos da la fuerza que emana del mismo Jesús, sin relegar a un segundo plano la presencia del Espíritu.
Todo el mundo puede rezar. Y, aún más, la oración se cultiva a partir de pequeños detalles. La vida litúrgica, llena de detalles, es decisiva, pero también lo es la disponibilidad para abrir el propio corazón a Dios y a los hermanos. Quienes rezan son quienes se predisponen a vivir atentos; así descubren la presencia del Reino y anticipan su llegada.
Algunas veces me han preguntado: «¿Cómo sabe la Iglesia que reza bien?». Es obvio que, cuando hablamos de la corrección, no nos referimos únicamente a una formulación externa —aunque la liturgia debe ser siempre respetada como corresponde—, porque las formas siempre expresan un fondo y no hay que perder nunca ni el equilibrio ni la buena pedagogía. De hecho, nos remitimos a una vivencia verificable. La oración, que para Jesús siempre anticipaba cualquier acción, es la antesala del encuentro con Dios, el Padre, y es el momento del discernimiento: «Señor, ¿qué quieres de mí?». Esta es la cuestión que la Iglesia nunca pierde de vista.
Toda la vida de Jesús gira en torno a su estrecha relación con Dios, el Padre. Hasta el punto de despertar el interés de sus amigos: «Señor, ¿cómo debemos rezar?». Jesús ofrece un magnífico resumen con el padrenuestro. Toda la vida de Jesús se transforma, pues, en una gozosa ofrenda continua. He aquí la clave de la oración: la alegría, la fidelidad y la sencillez. La Iglesia que reza así, poniendo a Dios en su centro, reza bien porque no se mira a sí misma, no se lamenta ni tampoco se enorgullece de su realidad.
Una Iglesia feliz es aquella que nunca pierde el horizonte, aquella que sabe navegar por mares insospechados, sabiendo que Dios siempre está con ella. Una Iglesia feliz sale de sí misma para situarse en el lugar de la humanidad más herida, más perdida. Una Iglesia feliz es la que, gracias a la oración, sabe entregarse, es decir, vincularse con los más necesitados para caminar con ellos, porque ellos son los preferidos de Dios. Por eso es tan decisiva la oración, porque ofrecerse generosamente no es algo inmediato. Una Iglesia feliz reza porque sabe que, más allá de la corrección de una forma externa, hay que velar por un fondo, un contenido, que es el evangelio mismo y que gira siempre alrededor del Amor.


