Fecha: 27 de septiembre de 2026

Querido amigo, privado de libertad:

Con motivo del día de la Virgen de la Merced, que celebramos el pasado 24 de septiembre, vuelvo a acordarme de ti. Te recuerdo ahora, especialmente, porque quizá estés leyendo estas palabras entre rejas, herido por la soledad, encerrado en unos muros que te abaten. Tal vez estés cansado, desconsolado, herido por dentro, con preguntas que nadie ha sabido responderte y con silencios que pesan más que las paredes de tu celda. Quizá estás atravesando uno de esos momentos en los que la vida parece haberse detenido y el futuro se vuelve una palabra demasiado lejana.

Te imagino acariciando, con las manos desnudas, la piel frágil del barro del que estamos hechos; como la Virgen María, junto a una herida que no sabes cuánto tardará en cerrarse. Y por eso hoy quiero decirte algo especial: Dios te ama, no estás solo y yo estoy contigo. Él no permanece al otro lado de tu dolor: en Jesucristo, Dios entra en él para habitar cada una de las espinas que recubren tu condena.

Jesús conoce tus noches, el frío de tu soledad, la incomprensión, el miedo, las lágrimas que nadie ve. Él, como tú, sabe lo que significa sentirse abandonado, esperar una respuesta que no llega y caminar cuando las fuerzas ya no alcanzan. Él también conoció la angustia en Getsemaní, también perdió a sus amigos, también cayó bajo el peso de la cruz. Y ahora, cuando estás viviendo tu propia Pasión, mientras recorres ese vía crucis que nunca imaginaste caminar, recuérdalo: Cristo camina contigo. Habita tus silencios, se asoma a tu mirada y permanece en ella. Está en tus manos cuando tiemblan, en tu corazón cuando se quiebra y en ese rincón del alma donde, quizá, ya no sabes siquiera cómo rezar.

Cuando no puedas decir nada, recuerda aquello que Dios nos prometió: «No temas, porque yo estoy contigo» (Is 41,10). Si la cruz no fue la última palabra de Jesús, tampoco tiene por qué serlo en tu vida. Dios amanece, incluso tras las noches más largas. Y te confieso que, desde la distancia, este pastor te acompaña: acojo tu sentir, tu historia, tus preguntas, tus desesperanzas y tus incertidumbres. No anhelo que tengas respuestas para acercarme a ti, que creas o que seas fuerte; solo necesito saber que estás ahí, y con eso basta. Te recuerdo en cada Eucaristía: vivo con el Viviente. Cada vez que el Cuerpo se parte y la Sangre se derrama; cada vez que el Señor vuelve a hacerse presente sobre el altar, vuelvo a pensar en ti. Porque donde el Cuerpo de Cristo se entrega y todo parece perdido, descubrimos que el amor siempre tiene una última palabra. Y entonces te nombro, en silencio, y le digo a Jesús que cuide de ti. Porque, como dijo el papa León XIV en la prisión de Can Brians (Barcelona): «Dios te ama como eres, pero te sueña mejor».

Después de este Viernes Santo, vendrá la Resurrección. Confía, aún queda mucho Evangelio por escribir en tu vida. Aquí estoy, para ti. Solo recuerda que ninguna celda puede encerrar el corazón de un hombre —el tuyo— cuando Dios ha decidido habitar en él.