Fecha: 4 de octubre de 2026

Este eslogan, popularizado por Domingo Faustino Sarmiento en 1845 en medio de las luchas que sacudían Argentina, reaparece hoy vinculado a la inmigración, la identidad y la seguridad. Algunos lo utilizan para presentar el debate público como una elección entre la supervivencia y una supuesta invasión o teoría de la sustitución. No se trata de ocultar problemas reales, como la gestión de los flujos migratorios, el invierno demográfico, la pervivencia de nuestra lengua catalana, la falta de vivienda, la precariedad o la inseguridad. Todo ello requiere políticas responsables y coordinadas. La perversidad consiste en mezclar estos problemas, atribuirlos a todo un colectivo y transformar a las personas en una amenaza existencial.

Este eslogan contiene una forma de violencia simbólica porque, si existe un «nosotros» que representa la civilización, los demás dejan de ser interlocutores y pasan a ser una amenaza que habría que neutralizar. ¿Cómo? Primero se los descalifica; después, se los excluye del debate; finalmente, se puede llegar a justificar cualquier forma de agresividad contra ellos. Está sucediendo en numerosos países del mundo, también para justificar persecuciones religiosas. Los «otros» ahora son los migrantes, pero mañana pueden ser cualquier otra minoría o colectivo «disidente».

La historia de España y de Cataluña debería vacunarnos contra los marcos binarios que dividen a la sociedad entre buenos y malos, patriotas y traidores, ellos y nosotros, civilizados y bárbaros. Son simplificaciones que, bajo una apariencia moral, ocultan la incapacidad de aceptar la complejidad, el pluralismo y la legitimidad del otro.

A la luz del Evangelio de Jesús, la barbarie no comienza con la llegada del otro, sino cuando dejamos de reconocerlo como alguien digno de ser cuidado.

La doctrina social de la Iglesia ofrece un criterio muy diferente. El bien común no consiste en la victoria de una mitad sobre la otra, sino en el conjunto de condiciones que permiten a todas las personas crecer en dignidad y corresponsabilidad. Nos quieren formatear como una sociedad de sospecha, desprecio y bandos irreconciliables. Esto nos hace muy manipulables. Habría que definir bien qué entendemos por civilización, pero está claro que no es patrimonio de ningún país, de ninguna sigla ni de ningún bloque ideológico. Y se demuestra haciendo crecer nuestra Magnifica humanitas.