Fecha: 7 de junio de 2026
Hace pocos días, en unas confirmaciones muy satisfactorias —como todas—, me ofrecieron un dicho nuevo que no conocía: «con el pan en la mano y Dios en el corazón». Lo he encontrado muy apropiado para la fiesta del Corpus que hoy celebramos.
La Eucaristía es el centro de la vida cristiana y, por tanto, de toda la Iglesia. Decía san Agustín de Hipona: «Así como la Iglesia hace la Eucaristía, así la Eucaristía hace la Iglesia». Detengámonos en ello. Deberíamos dar un par de vueltas a la intuición del obispo africano —lo digo seriamente, no es poca cosa—. Es decisivo situar la Eucaristía en su lugar. El hecho de captar su importancia nos remite a lo que el Concilio Vaticano II afirmó sobre ella: ni más ni menos, sostuvo que era «fuente y culmen» de la vida cristiana.
Dicho de otra manera, todo nace y deriva de la Eucaristía, pero también todo tiende y converge hacia ella. La Eucaristía, acción de gracias por excelencia, es el centro centrípeto y centrífugo —espero que se entienda— de la misión. Quizá suene extraño, pero es así: la Eucaristía es «el corazón de la Iglesia». Nosotros, cuando recibimos la Eucaristía, estamos llamados a ser aquello que comemos: signos de Cristo muerto y resucitado.
Todo esto debe trasladarse a nuestros planteamientos pastorales. Nuestro estilo misionero debe ser, pues, eucarístico. Es decir, debe ser festivo, comunitario, pacificador y esperanzado. Ciertamente. La liturgia de la Eucaristía, «el sacramento de los sacramentos», debe manifestar el impulso del Espíritu Santo en toda su amplitud. La Iglesia sabe hacer muchas más cosas que la Eucaristía, pero sin ella todo sería un mero acto humano.
Nosotros debemos prepararnos para vivir y recibir esta invitación: «ser Eucaristía», es decir, «ser pan partido». Sabemos que la desproporción entre lo que recibimos y nuestra pequeñez es inmensa; por eso somos todavía más conscientes de que el agradecimiento es lo más propio de un cristiano. Recibir la Eucaristía lo es todo. Ella despierta y consolida en nosotros la alegría de amarnos y de ser testigos del Reino. Esto pasa por conservar en nuestro corazón la presencia de Dios, pero también por llevar a cabo una obra transformadora, aunque sea tan solo con nuestra presencia. La felicidad de un misionero es sostener y despertar la felicidad de aquellos con quienes convive, y en este sentido «ser Eucaristía» lo facilita.
El cristianismo no puede ser únicamente una transmisión conceptual de ideas y teorías. Tampoco puede ser una presentación improvisada del Evangelio. La misión se realiza cara a cara. ¡Qué importante es una mirada, un gesto, un silencio! Priorizando la proximidad que da la buena amistad, la valentía de vivir las propias convicciones y la sencillez como la melodía que lo une todo, vivimos y nos convertimos en Eucaristía.
La fiesta de este año queda enmarcada por la visita apostólica que el papa León XIV está llevando a cabo estos días. Su figura no pasa desapercibida. Surgen algunos interrogantes en sectores de la sociedad más distantes —bienvenidos: las dudas ayudan a crecer—. Permitidme recordar que las figuras que lideran hoy tantos y tantos proyectos no pueden ser expresiones individuales ni individualistas. Los liderazgos colectivos, inclusivos y, al mismo tiempo, respetuosos con las personas y su libertad, son propios de quienes viven plenamente la Eucaristía.
El papa también es misionero, no solo porque pueda ir de un lugar a otro, sino porque vive la Eucaristía. La misión necesita vivir injertada en la Eucaristía, la mesa de la hermandad, de la solidaridad y de la fraternidad.


