Fecha: 24 de mayo de 2026

Estamos a las puertas de la Asamblea diocesana, un momento importante para todos. No podemos faltar. Hoy, pues, me gustaría rescatar aquel dicho que dice: «Cuantos más, más alegría». Los misioneros necesitan —perdón, necesitamos— sentido del humor. Es bien cierto que este sentido es, a veces, muy relativo. Cada uno se ríe, si lo hace, de cosas diversas. El hecho es que hay que reír, hay que sonreír, hay que abandonar toda clase de autorreferencialidad para dejar que sea Dios quien ocupe el centro de nuestra vida. Y, además, hay que reír con los demás, codo con codo. De otro modo, sería excluyente y, por tanto, nada evangélico.

Reír es importante, pero no lo es todo. No podemos convertir la misión en una técnica pastoral de la seducción, de la frivolidad o de la escenificación. La misión nos aboca a una presencia, a un proyecto, a una entrega. Pero la misión necesita también una narración, una expresión, una manera de hacer y de decir. Nos encontramos, como siempre, ante un juego de equilibrios entre el fondo y la forma. Ambos elementos son necesarios e imprescindibles. Si, además, los vivimos y los ofrecemos con alegría, parece que ya lo tendríamos todo.

Los evangelios no nos hablan mucho de esta faceta de la vida de Jesús. Pero no dudo de ninguna manera que Jesús rio, y mucho. Rio al lado de los amigos, de sus contemporáneos, con los pobres, con los niños y, cómo no, con sus discípulos. La risa —y también la sonrisa, obviamente— es signo de salud, de confianza y de esperanza. Os pido que cuidemos todos esta dimensión. El humor no puede ser nunca algo impuesto ni forzado. ¡Y no lo olvidemos nunca! El humor debe empezar siempre por uno mismo. Es decir, yo mismo soy el objeto de mi risa. La experiencia muestra y demuestra que la salud mental tiene mucho que ver con la medicina de la risa. Quien sabe reírse de sí mismo ha recorrido mucho camino.

La misión, pues, genera espacios y situaciones en los que, situando a Dios en el centro, nosotros nos convertimos en hombres y mujeres que hemos aprendido a desplazarnos a un margen y a relativizar tantas y tantas situaciones. El dramatismo de ciertos momentos vitales se va convirtiendo, por la fe, la esperanza y el amor, en una lectura más serena de la vida. Al final, podemos decir —aunque sucedan muchas cosas, que pueden ser motivo de un gran malestar o de una gran risa— que «no pasa nada». Es decir, las cosas y las personas pueden cambiar, pero lo esencial, el amor de Dios, permanece firme en su lugar.

Recuerdo que, en una ocasión, el papa Francisco hablaba de una oración que rezaba a menudo, de Thomas More —patrón de los políticos—: «Dame sentido del humor». La alegría es un don y el sentido del humor también. Pidámoslo siempre. Un cristiano triste es un triste cristiano. Un cristiano que no sonríe no es cristiano.

La misión nos pide, pues, encarar nuestra Asamblea diocesana con buena predisposición. Se trata de una jornada de amistad sincera que nos ayudará a reconocer que no caminamos solos, que hemos vivido una larga trayectoria y que seguiremos haciendo camino, escuchando qué quiere el Señor de nosotros. Os pido que no dejéis nunca de reír y sonreír, como tampoco dejéis nunca de rezar por vosotros, por los más necesitados y por nuestro obispado. Os ruego que vivamos juntos nuestra Asamblea diocesana. «Mirad cómo se aman», «mirad cómo se escuchan», «mirad cómo se encuentran», «mirad lo contentos que están». Recordad: cuantos más, más alegría.