Fecha: 30 de agosto de 2026

Estimados amigos y amigas:

Hay salmos que parecen brotar de la propia creación, como si la Tierra entera aprendiera a cantar en ellos la gloria de su Creador: «El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos» (Sal 19,2). A la luz de esta certeza nos acercamos a la jornada del Tiempo de la Creación, que comienza el 1 de septiembre y se prolonga hasta el 4 de octubre, fiesta de san Francisco de Asís, cantor humilde de todas las criaturas. Él, pobre entre los pobres y hermano de todos, supo descubrir en cada ser un reflejo del amor de Dios.

Hoy, bajo la inspiración del poverello de Asís, la Iglesia nos invita a disponer el corazón para entrar en una celebración que se convierte en escucha, recogimiento y conversión: la de una Humanidad llamada a reconocer la Tierra como don y como tarea. El Tiempo de la Creación nos reúne a cristianos de diversas tradiciones para orar y responder juntos al clamor de la Tierra y de los pobres (los preferidos de Dios). Solo volviendo al Evangelio de lo esencial podremos cuidar la Casa Común como quien cuida su propia morada. «Todo está conectado», recordaba el papa Francisco en Laudato si’, y esa red de vínculos sagrados entre Dios, la Creación y la Humanidad exige de nosotros una responsabilidad concreta.

La palabra del profeta sigue resonando con fuerza: «Que el derecho corra como el agua y la justicia como un torrente inagotable» (Am 5,24). Por tanto, velar por la Creación implica defender la justicia, denunciar aquello que rompe el velo de la solidaridad y comprometerse con un modo de vida más compasivo, consciente y humano. Solo así nuestra existencia se armoniza con el gran tapiz de la Creación, donde cada criatura tiene su lugar y su sentido. Y, entonces, la vida —vivida en sintonía con ese designio de fe, esperanza y caridad— se vuelve más verdadera, más brillante y más plena. Solo en Dios descansa nuestra alma y viene nuestra salvación (cf. Sal 62,2). Y en su fidelidad reposa, en paz, toda la Creación.