Fecha: 28 de junio de 2026
El papa León XIV se reunió en Madrid durante un rato con Bad Bunny. No sabemos de qué hablaron. Este famoso cantante utiliza una casita en sus conciertos. La casita de Bad Bunny no es sólo un efecto escénico; quiere evocar una casa criolla, la memoria de un pueblo, el gusto de barrio y la nostalgia de las raíces; pero también deja al descubierto una herida muy contemporánea porque lo que nace como signo de proximidad puede acabar convirtiéndose en escaparate de exclusividad para VIPs. Lo mismo ocurre con otros símbolos católicos marcados por la estética musical, como el confesionario de Rosalía, pero ¿no puede ser que lo que parece decorado, revela, en el fondo, una sed de casa, de refugio, de escucha o de sentido?
Por eso, la cuestión no es sólo estética, sino espiritual y social. En clave evangélica, una casa no es un sitio para que unos pocos se hagan ver mientras la mayoría mira desde abajo. La casa es mesa compartida, puerta abierta, acogida sin filtro. El Evangelio no construye zonas VIP; las desmonta. Cuando convertimos las raíces en simple escenografía, también convertimos a la comunidad en apariencia. Y entonces la nostalgia que proclamamos deja de ser memoria viva para convertirse en consumo emocional.
Quizá por eso estos fenómenos interpelan tanto. Porque, bajo el brillo del show, reaparece una pregunta más honda ¿queremos de verdad un hogar, un espacio de escucha y perdón o solo su imagen? En su visita apostólica, el papa León XIV reclamó a Barcelona lo mismo que puede servir para cualquier otro pueblo o una ciudad, un “hogar ancho y abierto a la fraternidad cristiana” y una comunidad llamada a ser “constructora de unidad”. Éste es el criterio decisivo.
Por eso me pregunto si nuestras casas, nuestras instituciones, nuestras parroquias y nuestra sociedad son verdaderamente casa, espacios de reconciliación o sólo decorados. Si son espacios de encuentro o escenarios de distancia. Porque sólo es creíble la Iglesia que se asemeja a un hogar donde nadie sobra; y sólo es humana una cultura que no exhibe al pueblo, sino que lo dignifica.


