Fecha: 6 de septiembre de 2026
Empieza un nuevo curso, un tiempo nuevo, con todo lo que nos deparará y con las gracias que Dios quiera concedernos. La vida está hecha de etapas, las hay más cortas y otras más largas, y pienso que es adecuado recordar lo que el Papa León, en su discurso a los obispos en la sede de la Conferencia Episcopal el pasado 8 de junio, nos proponía con el ejemplo de un viaje. Nosotros podemos aplicarlo en el inicio de este nuevo curso. En aquella ocasión decía el Papa: «se me ha ocurrido proponeros la imagen de un viaje en el que el destino es Dios, hacia quien levantamos nuestra mirada. Es un viaje sui generis ya que realmente no nos movemos materialmente, pero en el que queremos dejar volar nuestro corazón».
Por eso, levantando nuestra mirada a Dios y al camino que tenemos por delante os invito a dejar volar nuestro corazón y nos proponemos unos objetivos para el nuevo curso. Unos objetivos concretos, frutos de las necesidades que nos rodean y de las urgencias que se nos presentan para afrontarlos comunitariamente como Iglesia diocesana. Debemos hacerlo partiendo del principio fundamental de que es Él, Dios mismo, el que debe ser el primero y el que debe ocupar siempre el primer lugar, sencillamente porque Él es el primero en todo.
1.En primer lugar, anunciar el Evangelio. Ésta debe ser la primera propuesta: “Id a todos los pueblos, bautizad, enseñad todo lo que yo os he enseñado…” (Mt 28, 20). Se trata del primer anuncio, y también del que cada día debemos hacer presente en el mundo. Hace ya bastantes años, el Papa San Pablo VI nos recordaba en su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi: «Queremos confirmar una vez más que la labor de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia. Evangelizar constituye la felicidad y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo” (E N 14).
2. El segundo objetivo es continuar el proceso de reestructuración diocesana. Se trata de una reorganización que ya hemos empezado y que nos deberá llevar a una reorganización más profunda, también de las parroquias y de la distribución de los sacerdotes para adaptarnos a las nuevas situaciones que se nos presentan.
3. En tercer lugar, la integración de los que vienen de fuera. Son hermanos nuestros y necesitamos pasar de una pastoral y unas actividades de acogida, que evidentemente deben continuar, a una plena integración en nuestras parroquias, grupos y movimientos como ya exhortaba San Pablo: “para la edificación del cuerpo de Cristo hasta que todos lleguemos a estar unidos en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios” (Ef 4, 12-13).
4. Y por último me refiero a la «sinodalidad». Porque hay que tener presente que no vivimos solos. Dios nos ha creado para vivir en sociedad y Jesús escogió y llamó a sus discípulos para vivir en comunidad con Él. De ahí surge este tema de la “sinodalidad”. Quiero recordar aquí también las palabras del Papa León a los obispos el pasado 8 de junio: «El camino sinodal emprendido por la Iglesia es un proceso de escucha en profundidad. Ser capaces de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial es uno de sus valores fundamentales».
Así pues, con estos objetivos empezamos esperanzados el nuevo curso, poniéndolo todo en manos del Señor que es amor, y pidiendo la protección maternal de la Virgen de la Salud, patrona de nuestra diócesis.


