Fecha: 19 de julio de 2026

Ya estamos plenamente en el verano, y muchos de nuestros pueblos y ciudades se llenan de fiestas mayores, unas celebraciones esperadas por todos. Son días en los que la gente sale a la calle para disfrutar de la fiesta, alejarse de la rutina y hacer un paréntesis en las preocupaciones que impregnan el día a día.

Al mismo tiempo, son momentos intensos de convivencia y de comunión, ya que, por encima de discusiones y malentendidos, se fortalecen los vínculos entre todos. Son testimonio de ello las comidas populares, donde pequeños y mayores, vecinos y desconocidos, se sientan alrededor de una misma mesa, compartiendo alimentos y, sobre todo, experiencias de vida.

Celebrar la fiesta, por tanto, corresponde a la expresividad antropológica de todo pueblo y de toda persona. Y la dimensión festiva posee elementos muy beneficiosos para el ser humano, favoreciendo la creatividad, las relaciones sociales y el bienestar emocional. Conviene, pues, potenciarla y favorecerla, siempre que, naturalmente, esté al servicio de la persona y de la sociedad, y no se convierta en una oportunidad para adoptar comportamientos groseros o contrarios a los derechos humanos.

Al mismo tiempo, no podemos ignorar que las fiestas mayores ayudan a reforzar la identidad de nuestra cultura y sirven de puente entre generaciones, anclándonos en referentes sólidos que nos vinculan a nuestro pasado y nos ayudan a saber quiénes somos. Pero, en nuestro caso, las fiestas mayores son mucho más que una tradición o un conjunto de actos festivos. A ellas se une un componente, sin duda, trascendente, ya que lo que celebramos es la acción de Dios en tantos santos y santas que tenemos como patronos y a quienes también pedimos su intercesión.

Estos patronos y patronas nuestros no son un simple detalle histórico, sino que nacen de una confesión de fe. Nos recuerdan que nuestros pueblos, antes de ser una realidad administrativa o geográfica, han sido una comunidad reunida en torno a Cristo, convocada durante generaciones alrededor de su Iglesia. Por eso, durante siglos, nos hemos sentido llamados a celebrar las maravillas de Dios. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que entonando himnos y alabanzas en nuestras ermitas e iglesias? Es una forma hermosa y profunda de expresar que el nuestro es un mensaje de bondad y de paz, de fe y de trascendencia, de felicidad y de fraternidad.

Así nos lo recordaba el papa Francisco en su Exhortación programática: «Quizá la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, que nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: “El Señor, tu Dios, está en medio de ti, renueva con su amor, exulta y se alegra contigo” (3,17). Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: “Hijo, en la medida de tus posibilidades, trátate bien […] No te prives de pasar un buen día” (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se adivina detrás de estas palabras!» (Evangelii Gaudium, 4).

Vuestro,