Fecha: 16 de agosto de 2026
Madre de la Asunción y Madre nuestra, hoy la Tierra levanta los ojos, y los ríos, y los campos, y los mares; los hogares donde alguien llora a solas buscan en el Cielo un hogar habitado por tu amor, Reina y Señora.
Has llegado silenciosa, derramando tu perfume de ternura: el olor a Nazaret que recorre los caminos, el Amor amado a tientas bajo el velo del Misterio.
Elevada en cuerpo y alma, con la carne que ofreció refugio al Verbo, la mirada que aprendió a guardar misterios y las manos que cuidaron la Pasión hasta el polvo de la Cruz en el Calvario.
Todo ha sido abrazado en Ti por Dios. Y al mirarte ahora, gloriosa, comprendemos la promesa de tu sangre: que el amor no salva solamente el alma, sino toda carne herida, la fragilidad de nuestros cuerpos, la memoria del olvido.
Asunta al Paraíso, como el primer canto de la Tierra transfigurada, aurora de la Humanidad redimida, lámpara encendida en mitad de la tormenta.
La muerte no tiene la última palabra, porque sólo la pronuncia Dios, y su nombre es Camino, Verdad y Vida.
Hoy el Cielo tiene rostro de mujer; y allí donde parecía haber una distancia infinita, hay una Madre que nos contempla y nos cuida.
Tómanos ahora de la mano y muéstranos, al fin, que más allá de toda espera, toda ausencia y toda muerte, nos aguarda el abrazo infinito del Padre.


