Fecha: 4 de octubre de 2026
Hace ya unas semanas que hemos empezado el nuevo curso, y debemos hacerlo dando muchas gracias a Dios. Ocho hijos de nuestra diócesis, ocho jóvenes a los que el Señor ha llamado por su nombre, se acercarán el próximo domingo y el siguiente al altar para ser configurados con Cristo, Sacerdote Eterno. No es el fin de una carrera, de un itinerario académico: es el misterio del amor de Dios que sigue presente y actuando, que toma la fragilidad humana y la convierte en instrumento de salvación. En una sociedad marcada muchas veces por la prisa, el individualismo y la búsqueda del éxito personal, la decisión de entregar la propia vida al servicio de los demás tiene un valor especial.
La vocación de estos seminaristas que serán ordenados no nació al amparo de una familia, o de una escuela o una parroquia, aunque todo esto son elementos que colaboraron decisivamente; nació en el corazón del Padre desde toda la eternidad. En el evangelio, Jesús, el Hijo de Dios, pronunció unas palabras que definen el sentido de la vocación al ministerio sagrado cuando dijo a sus apóstoles «No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, soy yo quien os he elegido a vosotros y os he confiado la misión de ir al mundo entero». El sacerdocio no es una conquista, sino un don recibido, una misión, un don para la Iglesia y para el mundo. Y lo que se recibe gratis se agradece con humildad y debe vivirse con generosidad.
Cuando los que van a ser ordenados se postran en el suelo mientras la asamblea invoca a los santos se manifiesta su pequeñez para que Jesucristo sea grande en ellos. Y después, en el silencio de la imposición de las manos, el Espíritu Santo los configura con Jesús Buen Pastor, Sacerdote Eterno. Por eso es importante que el pueblo de Dios se una a la intercesión de la Virgen María y de los Santos por ellos. Es importante que los fieles tomen conciencia de que es todo el pueblo de Dios el que tiene la responsabilidad no sólo de orar por los pastores y de los que están llamados a serlo, sino también de colaborar en la vida y el crecimiento de la Iglesia. El concepto y el tema de la sinodalidad nos recuerda precisamente que todos somos “corresponsables”, cada uno en la medida que pueda; pero no hay ningún bautizado que no sea enviado también a comunicar el evangelio y a pedir al Dueño de la mies que envíe más segadores a su mies (Mt 9,38). Y estos ocho nuevos sacerdotes deberán entender y experimentar que la suya no será una tarea individual, sino un servicio vivido en comunión.
Este año, ha aumentado el número de seminaristas en las diócesis con sede en Cataluña. En un momento en el que la Iglesia afronta dificultades y cambios es un hecho que representa un motivo de alegría y responsabilidad. Su camino necesitará oración, soporte y proximidad. Serán enviados a sembrar esperanza incluso cuando los resultados no sean inmediatos, a mantener abiertas las puertas de la salvación y a mostrar, con su palabra y con su vida, que el Evangelio sigue siendo una propuesta capaz de transformar el corazón humano. Ellos son los siervos del evangelio enviados a invitar a la fiesta del amor de Dios a quienes viven en las periferias de la Iglesia y del mundo. Damos gracias a Dios y seguimos orando por este mundo nuestro que Dios tanto ama.


