Fecha: 10 de mayo de 2026

¿Cómo podemos saber que aquello que llevamos a cabo es verdaderamente la misión que Dios quiere que realicemos? —me lo he preguntado en más de una ocasión, no por inseguridad, sino por honestidad—. Quienes nos llamamos cristianos nos esforzamos por hacer la voluntad de Aquel que es la fuerza, la paz y la esperanza de la propia existencia. ¿Qué criterio debe ayudarnos a verificar que estamos en el lugar indicado, el camino correcto y el momento preciso? Sabemos que no todo sale bien a la primera. A medida que crecemos, lo vamos aceptando. Pero también es cierto que, a veces, hemos tenido la experiencia de que todo ha ido como la seda, todo ha sido coser y cantar, como si todo viniera rodado. Hoy querría recuperar aquel dicho que viene a significar que las cosas, a veces, funcionan, y por eso podemos decir, sin filtros ni rodeos: «ir cuesta abajo».

La vida tiene momentos muy diversos, la geografía tiene orografías propias y los estados de ánimo oscilan de maneras muy curiosas. Quiero decir que en todo hay un equilibrio. Es así. La misión también se presenta en escenarios de todo tipo. El buen misionero tiene la tarea de acoger el misterio pascual en toda su amplitud. Y así, proponer un estilo que estimule a vivir un encuentro con quien nos ha dado el don de la vida, y nos ha enseñado a disfrutarla de verdad, es decir, con Dios. Quien vive confiadamente en el Dios de Jesús sitúa a Dios en el centro y es su testigo; entonces podemos decir: «vamos cuesta abajo».

El misionero no lo tiene fácil. Diría que nunca, pero eso es harina de otro costal. Al misionero le toca ser desprendido, no alejarse de la certeza de que Dios lo ama y tener que vivir, no pocas veces, la incomprensión, cuando no el rechazo, de los más cercanos. Nunca estamos preparados para afrontar con serenidad las curvas del fracaso, del desánimo o de la rutina. A menudo somos nosotros mismos quienes nos lo ponemos difícil porque dudamos de lo evidente, aunque no sea lo más inmediato: que Dios es Padre, nos conoce, nos ama y nos acompaña por los siglos de los siglos. La duda purifica la fe, digámoslo todo. La fe es el reto de vivir desde la confianza.

El viaje del Santo Padre, León XIV, será un buen momento para ver la confirmación de la fe en todo aquello que sea óptimo para la misión, pero también para descubrir todo aquello que se nos pide convertir. El camino de la santidad no es fácil. Tendremos que estar muy atentos. El lema que acompañará esta visita, «alzad la mirada», es una firme invitación a fijar nuestra atención en el misterio del Amor, que es cruz y resurrección. Es Jesús quien nos muestra el camino de hacernos pequeños, de mostrarnos receptivos, de ser de los que compartimos. Con Él la vida tiene sentido, y la vivimos sin caer en el error de pensar que todo depende de nuestras propias fuerzas o de nuestras ideas.

El misionero, pues —he aquí el criterio que buscábamos—, cuando sitúa a Dios en el centro de su vida, recupera su propio corazón y entonces todo va cuesta abajo. Todo funciona. Los miedos quedan incluidos en la presencia pacificadora de Jesús, quien camina a nuestro lado misteriosamente. Los misioneros que sitúan a Dios en el centro de la vida reconstruirán la dignidad de aquellos con quienes se relacionan y promoverán la justicia. No desfallezcamos, pues, en el compromiso de ser de los que, en la vida pública, ofrecemos un testimonio de coherencia evangélica, y, por tanto, de los que no nos dejamos vencer por los gritos, las tensiones o las expresiones de violencia. Nosotros no queremos romper la paz social, sino poner a Dios en el centro y ver cómo todo funciona. Así pues, con alegría cantaremos: «vamos cuesta abajo».