Fecha: 3 de mayo de 2026
Desde sus orígenes, la Iglesia ha sido enviada al mundo con una misión clara: anunciar el Evangelio y hacer presente el amor de Dios en medio de la humanidad. Es una misión fruto de la Pascua, y es una misión que nos implica a todos los bautizados, a todos los que formamos parte de la familia de Dios: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado a mí, así también os envío yo a vosotros» (Jn. 20,20).
Esto significa que formamos parte de la misión del Hijo de Dios que nos implica en la vida de esta familia que no es una realidad abstracta ni lejana, sino una comunidad viva que camina con las personas, una familia que comparte sus alegrías y esperanzas, así como sus sufrimientos y desafíos. Sin embargo, esta misión no se sostiene por sí sola; necesita la colaboración concreta de quienes la formamos. Cada creyente, por el bautismo, está llamado a participar en esta misión y colaborar, no sólo espiritualmente, sino también con el tiempo, con las capacidades de cada uno y también materialmente.
Detrás de cada parroquia, de cada proyecto social, de cada misión en lugares necesitados, hay personas comprometidas que dedican su vida y también medios materiales que hacen posible esta labor. La Iglesia no son los «otros»; somos todos. Por eso, el sostenimiento y su vitalidad dependen directamente de la corresponsabilidad de los fieles.
La colaboración humana es por eso, indispensable. No basta con identificarse como creyente; es necesario implicarse activamente. Catequistas que forman en la fe, voluntarios que acompañan a los más vulnerables, jóvenes que animan la vida comunitaria, familias que transmiten valores… Cada gesto, por pequeño que parezca, construye la Iglesia. En un mundo marcado por la prisa, el individualismo y, en ocasiones la indiferencia, ofrecer tiempo y presencia se convierte en un testimonio profundamente significativo.
Pero junto con esta entrega personal, existe también una dimensión material que no puede ser ignorada. Mantener templos, sostener a quienes dedican su vida al servicio de la pastoral, financiar proyectos educativos y sociales, apoyar misiones en países con menos recursos… todo ello requiere medios concretos. Hablar de dinero puede ser incómodo, pero es una realidad que forma parte de la vida humana. La diferencia está en la intención: no se trata de acumular, sino de servir mejor.
En plena campaña de la Declaración de la Renta debemos subrayar la importancia de un pequeño gesto que puede ayudar mucho a la Iglesia: marcar con una “x” la casilla de colaboración con la Iglesia Católica y hacerlo también en el apartado de ayuda a fines sociales. Cuando alguien contribuye económicamente, está haciendo posible que la Iglesia siga estando presente allí donde más se la necesita: en barrios humildes, en hospitales, en escuelas, en contextos de exclusión o soledad.
Además, esta colaboración invita a una reflexión más honda sobre el uso de nuestros recursos. ¿Qué lugar ocupa la solidaridad en nuestra vida? ¿Somos conscientes de que nuestros bienes pueden convertirse en instrumento de transformación para otros?
En definitiva, la misión de la Iglesia en el mundo no es tarea de unos pocos, sino responsabilidad de todos. Requiere manos dispuestas, corazones generosos y recursos que la hagan sostenible. Colaborar, en cualquiera de estas formas, es participar activamente en una historia de esperanza que se sigue escribiendo cada día. Porque una Iglesia viva no es la que sólo existe, sino la que se construye con el compromiso real de quienes creen en su misión.


