Fecha: 6 de septiembre de 2026

Queridos amigos y amigas:

A las puertas de un nuevo curso pastoral, Cristo nos invita a preguntarnos dónde queremos poner el corazón y hacia qué horizonte deseamos caminar como Iglesia. Estamos llamados a ser bálsamo para quien carga el peso de la prueba. Así, en medio de tantas urgencias y desafíos, el Evangelio nos devuelve siempre a lo esencial: a los necesitados, a los pobres, a quienes ocupan los últimos lugares del mundo, pero los primeros en el corazón de Dios.

«La condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la Humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia», señala el papa León XIV en su exhortación apostólica Dilexi te (9). El Santo Padre insiste en grabarnos a fuego en el alma que en el rostro herido de los pobres «encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo». Porque no son un asunto más entre muchos otros, ni una tarea añadida a nuestra agenda. Son, como una zarza ardiente escondida entre los caminos de la Historia, el lugar sagrado donde Dios nos espera; la morada donde Él enciende pequeñas semillas de eternidad; el Evangelio hecho carne en un grito de debilidad.

Por eso, si queremos comenzar bien este nuevo tiempo, hemos de volver nuestra mirada hacia ellos y ponerlos verdaderamente en el centro. En sus ojos Dios continúa hablándonos, edificando nuestras inseguridades y desinstalándonos de las comodidades que adormecen el alma. Su fragilidad desenmascara nuestras falsas autosuficiencias y su necesidad nos recuerda que nadie se salva solo.

El amor nunca es insignificante. Y como el perfume derramado sobre la cabeza de Jesús en los días de su pasión, también nuestras obras de misericordia son un ungüento precioso sobre las llagas de Cristo, presentes en los más vulnerables. Acercarnos a ellos es descalzarnos ante una tierra santa. Que este nuevo curso nos encuentre despiertos para construir ese proyecto de amor «que se extiende y se realiza en la historia […] para liberarnos de la esclavitud, de los miedos, del pecado y del poder de la muerte» (DT, 16). Y quizá, entonces, comprendamos que los pobres no ocupan el centro porque necesiten nuestra compasión, sino porque en ellos resplandece de manera singular el rostro de Aquel que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (cf. 2Cor 8,9), para enseñarnos que sólo el amor puede cambiar verdaderamente el mundo.

No lo olvidemos: allí donde el mundo ve escasez, Dios sigue revelando el tesoro escondido de su Reino.