Fecha: 26 de julio de 2026

Estimados amigos y amigas:

Toda persona, a cualquier edad y en toda circunstancia, sigue siendo hijo o hija de Dios. Y los ancianos «son la memoria viva de un pueblo, y la juventud de la Iglesia», dejó escrito san Juan Pablo II. Hoy, en la fiesta de los santos Joaquín y Ana, cuando celebramos la VI Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores, se abre ante nosotros un misterio de ternura que debe sostener toda vida humana: la certeza de que nadie queda fuera del corazón de Dios.

En este día detenemos nuestra mirada en quienes, con su vida entregada hasta el final, han sido —y son— raíz y memoria de nuestras familias y de nuestras comunidades eclesiales. Celebrar esta jornada «es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos», señala el papa León XIV en su carta para esta jornada. En la misma, el Pontífice anima a retomar «la bella costumbre» de ir a ver a los abuelos, a los mayores de la familia y a aquellos que no reciben ninguna visita.

«¿Acaso puede una madre olvidar a su hijo? Pues aunque ella lo olvidara, yo nunca te olvidaré» (Is 49,15). Con estas palabras del profeta Isaías, se nos revela el rostro de un Dios que ama con ternura, con paciencia, con amor sin medida. Y en esta revelación de fidelidad inquebrantable del Padre, el Papa recuerda en dicha glosa —dirigiéndose a los mayores— que sigue siendo válida cada día la invitación a volver a los brazos de Dios, «cuyo amor es paternal y maternal a la vez». Y en esos brazos descansa toda vida, especialmente cuando la fuerza del cuerpo disminuye, pero el corazón sigue buscando sentido, compañía y luz que apacigüen el terrible peso de la soledad.

Por eso, esta Jornada es también una llamada a redescubrir la importancia de los abuelos y los mayores en nuestra vida. Ellos no son solo memoria del pasado: son presencia viva que sostiene el presente. En sus manos aprendimos a caminar; en sus palabras aprendimos a nombrar la vida; en su fe sencilla se sembró muchas veces la nuestra. ¿Quién no guarda en su corazón el recuerdo de unos abuelos que fueron abrigo, paciencia y hogar? En su modo de amar se nos reveló, sin grandes discursos y con grandes gestos, la ternura misma de Dios: «Todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

Aferrados a la Palabra comprendemos que cuidar a un mayor es cuidar a Cristo mismo escondido en su fragilidad. Una historia de salvación que se teje en la vida humilde, silenciosa y fiel de nuestros mayores; pues en ellos se prepara la venida del Salvador, en ellos Dios hace germinar la promesa y en ellos el Evangelio sigue teniendo rostro, porque la belleza nunca envejece.