Fecha: 19 de julio de 2026

Una pregunta que surge hoy en el ámbito misionero dice así: «¿Cuándo podemos decir que una misión ha llegado a su término?». La misión tiene un fin, ciertamente, y este lo situamos en la comunión con Dios y con los hermanos. «La comunión» —seamos claros— es un don que Dios nos regala. Nosotros somos sus destinatarios. Si nuestros proyectos pastorales apuntan a la comunión, podemos decir que vamos por buen camino. Con todo, ¿podemos decir que la misión termina? Finalizar una responsabilidad pastoral puede ser relativamente fácil, pero dar por concluida la misión es un concepto que no acabamos de ver del todo claro. Hablemos de ello. Nos ayudamos de un nuevo dicho: «No hay que vender la harina antes de moler el trigo», con el que asumimos la importancia de terminar aquello que comenzamos, pero también aceptamos que la comunión es siempre un proyecto abierto.

El trigo que encontramos dentro de un saco es abundante y valioso. No deseamos perder jamás ni un solo grano. Llenar un saco no es, en absoluto, tarea fácil. En el ámbito de una comunidad diocesana debemos hacer la misma reflexión. Todos somos valiosos, importantes, necesarios y corresponsables de la misión. Todos quiere decir todos. Necesitamos asumir de nuevo el impulso y la ilusión de ser sembradores de la semilla del Reino, pero también de recoger sus frutos. Todos los frutos. Recuerdo con mucho cariño cómo Ruth, la moabita, fue rehaciendo y reconstruyendo su propia historia recogiendo, de los márgenes de los campos, todos y cada uno de los granos de trigo que iba encontrando. La tarea de la recolección era infinita.

Además, hoy deberíamos añadir un detalle: me refiero al hecho real de la especialización de la misión. Muchos agentes pastorales viven en sus propios ámbitos, a veces encerrados en sus propios criterios y acciones: el mundo de la enseñanza, el sanitario, el del tiempo libre, el del arte, el de los estudios, el de las prisiones, el de las fábricas y los sindicatos, el de la agricultura… Esta es una realidad.

El deseo de alcanzar una verdadera comunión, en nuestro caso —pienso, obviamente, en la comunión diocesana—, pone sobre la mesa la existencia de numerosas relaciones humanas. Estas relaciones nos llevan a destacar la importancia de la comunidad que todos formamos, vengamos de donde vengamos. Este es el objetivo que nuestro plan pastoral priorizará, a partir de lo que hemos conocido como «Acción Católica». Se trata de aquella manera de reforzar la misión de todos los agentes pastorales y, al mismo tiempo, de todas las comunidades. Cada uno desde sus propias capacidades e inquietudes, pero todos como comunidad diocesana.

Vuelvo a la posibilidad de entender coherentemente la misión abierta de alcanzar una comunión verdadera. Llegar a alcanzar el don de la comunión, es decir, atar el saco lleno del trigo recogido, pasa por reconocer el precioso valor, no negociable, de la dignidad de toda persona humana. Llegar a recoger los frutos de la comunión olvidando a los agentes pastorales es extraño, incoherente y, pastoralmente, erróneo.

En nuestra comunidad diocesana todo debe converger hacia «la comunión», y todos debemos disponernos a crecer en este sentido. La especialización pastoral no será un obstáculo, pues, si «la comunión» aparece como el reconocimiento de la importancia de cada uno. Encaminémonos a seguir juntos nuestro camino cristiano, tendiendo al don de la comunión. Que nuestras especializaciones no nos hagan perder ni el horizonte ni el contexto presente.