Fecha: 12 de julio de 2026

Estimados amigos y amigas:

Toda acogida cristiana comienza cuando el otro deja de ser un huésped para convertirse en un hermano. Con la inminente llegada del verano, nuestras calles y plazas se llenan de rostros nuevos, de visitantes que eligen nuestras tierras para descansar, recargar fuerzas y compartir su tiempo de quietud con sus seres queridos. Y nosotros, como Iglesia diocesana que peregrina en Tortosa, queremos darles la bienvenida, abrirles las puertas de nuestros hogares y decirles que esta es, también, su casa.

Durante estos meses, nuestras iglesias se convierten en esa «Tienda del Encuentro» de la que habla el libro del Éxodo (cf. Ex 33,7), en lugares abiertos donde cada persona pueda sentirse acogida, escuchada y acompañada. No podemos olvidar que en nuestras parroquias resplandece la vocación más profunda de la Iglesia: ser icono de la Trinidad Santa, espacio de comunión donde el amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo se hace cercanía, hospitalidad y cuidado para todos.

Pero, ¿de qué sirve reposar el cuerpo si no descansa el alma? El alma anhela lugares para el sosiego, la contemplación y el reencuentro con aquello que da sentido a la vida. Y la hospitalidad que nosotros hemos de ofrecer forma parte del corazón del Evangelio. Así, como signos frágiles —pero fieles— de comunidad trinitaria, hemos de hacerle hueco al amor, el que transforma al forastero en alguien de la familia; para que nadie pase entre nosotros sintiéndose invisible, pues cada persona que llama a nuestra puerta lleva consigo una historia sagrada que merece ser escuchada, abrazada, amparada con ternura.

Ninguno de sus hijos le es indiferente a Dios. Así nos lo enseñó María: allí donde una persona llama a nuestra puerta, Ella responde con una acogida que no pregunta primero quién eres o de dónde vienes, sino qué necesitas. Como nuestra Madre, estamos llamados a acoger sin límites para que nadie se sienta extraño bajo el amparo del amor de Dios.

El Señor nos recuerda que quien abre las puertas de su casa al hermano abre, también, su corazón a Dios: «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35). Por eso, nuestras comunidades cristianas, sostenidas por la entrega generosa de tantos sacerdotes, religiosos y laicos, ofrecen un hogar seguro donde poder celebrar la fe, compartir la esperanza y experimentar la cercanía de Jesús.

Que cada parroquia sea un refugio de paz, una puerta abierta y una mesa compartida, donde los cansancios encuentren descanso, los penares consuelo y la esperanza vuelva a encender su luz en el corazón de quienes buscan un hogar.