Fecha: 27 de septiembre de 2026
El próximo domingo la iglesia celebra la fiesta de San Francisco de Asís. Y durante todo este año estamos celebrando el octavo centenario de su tránsito, es decir, de su muerte. Con este motivo la Iglesia ha proclamado un Año Jubilar hasta enero del próximo 2027. Pero esta celebración debe ser mucho más que recordar a un personaje histórico, un santo que vivió hace siglos. Han pasado ochocientos años desde aquel 3 de octubre de 1226 en que Francisco entregó su alma al Señor, pero su testimonio sigue vivo, y para nosotros es una oportunidad para volver la mirada hacia un hermano nuestro que supo descubrir la presencia de Dios en la sencillez, en los pequeños, en la fraternidad y en la creación y, sobre todo, en Jesucristo.
Francisco nació en un tiempo marcado por las diferencias y los conflictos. Sin embargo, su vida tomó un rumbo nuevo cuando decidió vivir el Evangelio con radicalidad, desprendiéndose de lo que le alejaba de lo esencial y acercándose a aquellos que más necesitaban ser acogidos. Su camino fue el de la sencillez, la pobreza, la alegría y la fraternidad.
Hoy, tantos años después, su testimonio sigue interpelándonos. En un mundo que a menudo nos invita a acumular, competir y buscar el éxito personal, Francisco nos recuerda que los cristianos tenemos la necesidad de ir a lo esencial; el valor de vivir con menos para poder amar más; de mirar al otro no como un extraño sino como un hermano; y de cuidar la tierra como de una casa que compartimos y que hemos recibido como un don.
Francisco no se limitó a admirar a Jesús; quiso seguirle, vivir como Él y poner el Evangelio en el centro de su existencia. Descubrió que la verdadera felicidad no estaba en tener más, en ser reconocido o acumular poder, sino en hacerse pequeño, pobre y hermano de todos. Su encuentro con un leproso fue para él una experiencia decisiva: acercarse al que sufría transformó su corazón. Y así comprendió que amar a Dios significa también acercarse al hermano, especialmente a quien nuestra sociedad puede dejar al margen. Su conocido saludo, «Paz y bien», resume de algún modo todo un estilo de vida. La paz que Francisco buscó no era sólo la ausencia de conflictos, sino una paz nacida de un corazón reconciliado con Dios, con los demás y con la creación.
Este centenario debe ser para nosotros una invitación a renovar nuestra propia mirada, a volver a lo esencial. A recuperar la capacidad de admirarnos ante lo sencillo. A escuchar a aquellos que viven en las periferias de nuestra sociedad. A tender puentes allá donde hay divisiones. Y a preguntarnos, cada uno desde su propia realidad, qué podemos hacer para construir un mundo más fraterno, más justo y cercano al Evangelio.
Que el ejemplo de San Francisco nos ayude a andar con humildad y alegría, conscientes de que quizá no estamos llamados a solucionar todos los problemas del mundo ni a hacer grandes cosas, pero sí a hacer lo posible para cada uno, y a vivir con amor las pequeñas cosas que cada día tenemos delante.
Que San Francisco interceda por la Iglesia que tanto amó, y que podamos hacer nuestro también su espíritu de fraternidad y repetir, con la vida y no sólo con las palabras: «Paz y bien».


