Fecha: 24 de mayo de 2026
El papa León, que esperamos ver en breve entre nosotros, en su primera homilía de Pentecostés, el año pasado, nos invitaba a todos los cristianos a dejar que el Espíritu Santo abra nuestras fronteras. En concreto hacía referencia a tres tipos de fronteras, sobre las que quisiera compartir hoy esta reflexión.
En primer lugar, pedía al Santo Espíritu de Dios que abra nuestras fronteras interiores. Nos decía en aquella ocasión: «esta presencia del Señor disuelve nuestras durezas, nuestra obstinación, los egoísmos, los miedos que nos paralizan, los narcisismos que nos hacen girar sólo alrededor de nosotros mismos. El Espíritu Santo desafía, en nuestro interior, el riesgo de una vida que queda atrofiada y absorbida por el individualismo».
Porque a nosotros nos puede pasar también que tengamos miedo, que nos dejemos arrastrar por una cultura y unos ambientes que no son favorables a la vida cristiana, y que entonces nos encerremos en nuestros bunkers, en nuestras seguridades, en nuestros grupos y espacios de confort. Pero el Señor nos asegura su asistencia cuando salimos al encuentro del otro, porque la fe se transmite a través del testimonio, y de unas palabras y un lenguaje que los hombres del mundo puedan recibir y entender, como en el primer Pentecostés.
A continuación recuerda al Papa que el Espíritu Santo abre las fronteras en nuestras relaciones: “cuando el amor de Dios habita en nosotros, somos capaces de abrirnos a los hermanos, de vencer nuestras rigideces, de superar el miedo hacia lo diferente, de educar las pasiones que se remueven dentro de nosotros, los malentendidos, los prejuicios, las instrumentalizaciones.
En el corazón de toda persona está el deseo de unas relaciones auténticas y de crear vínculos y lazos verdaderos y perdurables. Es precisamente a través de las relaciones que aprendemos a convivir, a aprender de los demás, a descubrir y experimentar que somos comunidad, que somos familia, saber que estamos juntos en la misión evangelizadora que el Señor nos encomienda.
Y finalmente el Santo Padre afirma que el Espíritu Santo abre las fronteras también entre los pueblos, porque él “rompe las fronteras y abate los muros de la indiferencia y del odio, porque “nos lo enseña todo” y nos “recuerda las palabras de Jesús” (cf. Jn 14,26); Y por eso, lo primero que nos enseña, recuerda e imprime en nuestros corazones es el mandamiento del amor, que el Señor en el centro y la cumbre de todo. Y donde hay amor no hay espacio para los prejuicios, para las distancias de seguridad que nos alejan del prójimo, para la lógica de la exclusión”.
Hoy, solemnidad de Pentecostés, celebramos también la Jornada diocesana del laicado, el día de la Acción Católica y el Apostolado Seglar con el lema “Pueblo de Dios que sale al encuentro”. Damos gracias a Dios por tantos laicos conscientes de que la acción del Espíritu Santo les mueve a ser discípulos misioneros, cristianos en el mundo, fermento en medio de los diferentes ambientes donde están como presencia organizada de Iglesia a través de movimientos, grupos y diferentes realidades sociales. ¡Os deseo a todos una buena solemnidad de Pentecostés, y que nos dejemos llenar y guiar por el Santo Espíritu de Dios!


