Fecha: 31 de mayo de 2026

Cada primavera, durante el tiempo de Pascua, en muchas parroquias vemos una escena preciosa: niños que se acercan por primera vez a la mesa de la Eucaristía. Es un día grande que va completando los sacramentos de la iniciación cristiana. Pero, al mismo tiempo, constatamos una deriva preocupante: algunas primeras comuniones se han ido convirtiendo en una especie de “mini bodas”, con una presión social y un gasto que no se corresponden con lo que celebramos.

Hay familias que explican que lo hacen “para celebrarlo con alegría” y, otras, confiesan que se sienten empujadas a gastar más de lo que pueden para no quedar mal. Muchas voces pastorales venimos pidiendo explícitamente rescatar el sentido de la primera comunión y evitar que los regalos y la fiesta eclipsen el Gran Regalo, que es la plena participación en la Eucaristía y la comunión con el Cuerpo de Jesús.

No se trata de regañar a nadie ni de apagar la fiesta. ¡El cristianismo celebra! Pero la celebración cristiana nace de la gratuidad: “gratis lo recibisteis, dadlo gratis”. La primera comunión no debería convertirse en una carrera de apariencias ni en una carga económica que excluya o endeude.

Por eso, ¿por qué no redimensionar las celebraciones con criterios sencillos y evangélicos, dialogando con padres y madres, con las familias de los niños de la parroquia? Habría que poner en el centro el significado de la Eucaristía, tal como se enseña en la catequesis. Hay belleza en la sencillez del vestido; y muchos agradecerán evitar gastos innecesarios.

¿Y si pensamos en celebraciones alternativas? Como un encuentro familiar sencillo, una convivencia parroquial, una comida compartida, una fiesta en el patio o una merienda comunitaria. También se podría proponer un gesto solidario de “comunión con los empobrecidos” para ayudar a familias o niños cerca o lejos de nosotros.

Así, la comunión volvería a ser lo que es. Porque la primera comunión no es un rito de paso de la infancia: es hacerse uno con Jesús, acogerlo como centro de la semana, de la familia y de la vida, una vida que continúa cada domingo.