Fecha: 24 de mayo de 2026

El año pasado, por Pentecostés y el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, en la diócesis de Sant Feliu de Llobregat nos atrevíamos a formular un sueño en voz alta: ¿Qué soñamos juntos? Y respondíamos con convicción: Soñamos una Iglesia misionera y corresponsable, donde los laicos y laicas sean protagonistas del anuncio del Evangelio, y donde crezca una cultura vocacional que abrace todas las etapas de la vida.

Un año después, la pregunta cambia levemente de tono: ¿Qué queda, de aquel sueño? Queda, sobre todo, una dirección. El sueño no era un eslogan para emocionarnos un domingo; era una brújula. Y cuando un pueblo tiene brújula, el Espíritu puede hacer camino.

Queda, en primer lugar, la conciencia de que la sinodalidad no es un añadido organizativo, sino un estilo espiritual: Escuchar, discernir y caminar juntos. Por eso nos hemos propuesto incorporar de manera estable la conversación en el Espíritu, para pasar de ser «creyentes o no creyentes» a discípulos misioneros, humildes y valientes.

Queda, en segundo lugar, una apuesta concreta: conformar comunidades acogedoras y misioneras e iniciar con generosidad el camino hacia unidades pastorales que nos ayuden a sumar carismas, recursos, formación y responsabilidades, y a reforzar la identidad misionera de cada bautizado y de cada comunidad.

Queda, también, el paso del deseo a la agenda; hemos puesto por escrito prioridades y proyectos que dan cuerpo al sueño: formación y espiritualidad para la conversión misionera y la adecuación de estructuras sinodales y pastorales al servicio de la vocación, la participación y la misión. Y, entre los proyectos que queremos acompañar, aparece la Acción Católica General junto con la promoción de Església Jove Sant Feliu y la actualización de la iniciación cristiana y el catecumenado.

Así, ¿qué queda? Queda lo esencial: Pentecostés continúa. Y este domingo 24 de mayo el Espíritu nos vuelve a decir: Alzad la mirada, no rebajéis el sueño de Dios, el sueño de la Iglesia; convertidlo en camino compartido, fiel y alegre. Queda el camino abierto… el siguiente paso es este: hacernos compañeros de ruta, como Jesús en Emaús, y convertir nuestras parroquias en lugares donde nadie camine solo hacia Dios.