Fecha: 1 de noviembre de 2026
La Iglesia feliz es aquella que confía. Llegar a vivir la confianza de una manera natural requiere un aprendizaje lleno de lecciones. Es en la vida cotidiana donde la confianza se gana, se cultiva y se vive. Las situaciones más cotidianas están repletas de oportunidades para crecer en esta dimensión. Es así, en el día a día, como se va construyendo una manera de ser, de ver y de actuar, es decir, un estilo. Queremos ser de los que apuestan por un camino en el que la confianza no sea ni un accidente ni un obstáculo insuperable. La confianza exige a todos los que la desean un cierto grado de entusiasmo, de mesura, de valentía y de perspectiva. Diversos factores favorecen vivir con confianza.
Los relatos evangélicos nos hablan de aquellas personas ciegas que vivían absolutamente condicionadas por las rutinas cotidianas. El texto neotestamentario nos habla de la fe, es decir, de la confianza, como una nueva mirada hacia uno mismo y hacia la realidad que lo rodea. También es cierto que, a veces, quien confía, en el Antiguo Testamento, es aquel que emprende un camino, como hizo Abraham o el propio pueblo de Israel hacia la tierra prometida. Recuerdo con mucho cariño el caso del hijo de Timeo, un ciego que vivía fuera de la ciudad, excluido de la familia y de los vecinos. Cuando Jesús pasa cerca de él, pide «ver». Bartimeo se levanta de un salto, deja su manto, es decir, todo lo que tiene, y se dirige hacia Jesús. Esta es la verdadera imagen de la Iglesia, aquella que abandona por completo sus «seguridades» para alcanzar una «seguridad» mucho mayor: la amistad de Jesús. Después de recuperar la vista, Bartimeo sigue los pasos de Jesús, camino adelante.
La Iglesia que vive con confianza genera confianza. Lo mismo sucede con las personas. No se trata de tenerlo todo bajo control. Es imposible. Confiar significa ponerse en camino fiándose de quien nos invita a caminar. Confiar tiene que ver con redescubrir nuestro entorno más inmediato con ojos nuevos, sin ignorar las dificultades, pero aceptando integrarlas en un nuevo contexto de esperanza.
De hecho, toda nuestra vida, también nuestra pertenencia eclesial, está configurada por una infinidad de relaciones llenas de aprendizajes que nos sitúan en escenarios que reclaman «confianza». Jesús es el primero en confiar en Dios, obviamente, pero también en nosotros —pobres pecadores—. ¿De qué manera fortalezco una relación de confianza con Jesús? Hay que reconocer que a todos nos corresponde, en algún momento de la vida, sanear nuestras relaciones y también nuestras estructuras eclesiales. Las distorsiones y las dificultades también llegan a nuestra historia y, a veces, perjudican la fluidez de nuestros encuentros.
La confianza, al fin y al cabo, en el contexto de la Iglesia, apunta hacia el crecimiento y la consolidación de la comunión y, a través de esta, de la misión.
Estamos llamados a ser una Iglesia que confía y que genera confianza a partir de su propuesta misionera. De este modo, se fortalece un estilo misionero gracias al cual la propuesta de Jesús aparece como una invitación y no como una obligación.
Seguir a Jesús y, por tanto, adentrarnos en los parajes de la confianza significa abrirnos al Espíritu Santo. Él es quien nos guía, quien nos acompaña y quien fortalece nuestra fe, es decir, nuestra confianza. No lo dudo. No lo dudéis. El Espíritu nos concede el don de confiar y de vivir esta confianza como Iglesia para encaminarnos hacia la mayor felicidad: la comunión con Dios y con la humanidad.


