Fecha: 6 de septiembre de 2026
Quisiera que hiciéramos más nuestra la gran invitación que nos hace Jesús: ser felices. Lo que Él nos propone tiene mucho que ver con el hecho de ser Iglesia. Sí, el deseo de felicidad tiene que ver con vivir la fe en comunidad. ¿Extraño? No, somos de los que creemos que ir solos es un desastre. Todos buscamos, de una manera u otra, la felicidad. La invitación que nos hace Jesús es a encontrarla conjuntamente y para todos, es decir, eclesialmente. La felicidad y la eclesialidad son realidades que se buscan y se necesitan mutuamente. La cuestión, sin embargo, no es solo aceptar que podemos alcanzarla poniendo nuestras mejores cualidades, sino asumir que la felicidad también viene a nosotros. Se trata de disfrutar de una felicidad ya presente en nuestras vidas. He aquí la clave. La felicidad está presente en el misterio de cada día y la Iglesia es propiamente el misterio del Amor de Dios que nos acompaña en el transcurso de la historia.
Debemos cuidar ambas realidades y, en las dos, los pequeños detalles son importantes. La sabiduría popular —perdonad que vuelva a insistir en ello— nos orienta hacia los buenos caminos, aquellos que nos sirven para disfrutar de cada instante junto a tantos y tantos hermanos. Ambas realidades tienen que ver con Dios y confluyen en nuestro corazón, ese espacio de silencio, de crecimiento interior y de verdadera sinceridad con uno mismo.
Toda la humanidad está llamada a la felicidad y a la eclesialidad. Nadie queda excluido. Es un plato combinado sabroso y, al mismo tiempo, complejo. Se trata más de ser feliz y ser Iglesia que de estar feliz o de estar en la Iglesia. Repito: queremos —tal como Jesús nos indica— que la bienaventuranza sea real, contemporánea y permanente. Hoy, pues, nos detenemos en un elemento importante que nos encamina a ser una Iglesia feliz: me refiero a la escucha.
Quienes escuchan son y hacen Iglesia. Reconocen la necesidad de los demás. Aprenden a situarse en un lugar que no incomoda. Quienes escuchan facilitan el diálogo y, al mismo tiempo, son capaces de aclararse, porque muestran un respeto y una apertura sinceros hacia el otro. En pocas palabras, quien escucha permite que Jesús se haga presente para decirnos: «La paz esté con vosotros».
La Iglesia debe prestar mucha atención porque las palabras de Jesús merecen ser escuchadas. Quien las escucha y las acoge crece, madura, se fortalece y hace palpitar la esperanza a los cuatro vientos. Así somos una Iglesia bienaventurada. Eso sí, hace falta guardar silencio, porque hoy son muchos los que hablan sin ningún criterio. La charlatanería es ruido, es vacío, es dispersión. Ayudémonos mutuamente con una escucha activa, aquella que trata de entender, interpretar y ponerse en el lugar del otro.
La Iglesia será feliz cuando escuche a todos, empezando por los débiles, los heridos, los marginados, los olvidados… Si nos llamamos «Iglesia», no podemos excluir a nadie de este aprendizaje. Solo quien escucha puede realmente entender qué es lo que Dios quiere. Como Iglesia que busca la felicidad en la pequeña comunidad, ¿a quién escucho? ¿Busco espacios personales para poder escuchar qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Facilito el ejercicio de la escucha? ¿La felicidad que deseo para mí, y que percibo cuando soy escuchado y acogido por Dios o por un hermano, me motiva a ser alguien que quiere escuchar? Quien escucha aprende a proponer la fe como un camino de vida, y no a imponerla como un remedio inequívoco de pequeñas certezas cotidianas. Quien escucha es Iglesia, crece en la gran virtud de la humildad y alcanza la felicidad que desea. Una Iglesia feliz es aquella que escucha. Os lo aseguro.


