Fecha: 25 de octubre de 2026

Una Iglesia feliz es aquella que tiene la sonrisa como signo de identidad. Las sonrisas —aquellas que no son forzadas— se contagian. Los buenos misioneros convencen por su manera de vivir, pero también por su manera de afrontar la vida cotidiana, y si es con una sonrisa, mucho mejor.

«¿Se puede hablar de una Iglesia que sonríe?». Yo creo que sí, como también podemos hablar del sentido del humor que se encuentra en los evangelios y, por tanto, en la propia vida de Jesús. No he seguido esta temática de cerca, pero pienso que sí, que Jesús reía, y lo hacía empezando por sí mismo. Nuestro Dios sonríe. Y doy por muy cierto aquel dicho que se atribuye popularmente a Charles Chaplin: «Un día sin sonreír es un día perdido». Jesús no malgastó la vida, sino que la vivió intensamente, es decir, sonriendo.

Sin embargo, debemos ser conscientes de que no todo hace gracia. El sentido del humor es una cuestión muy personal y también muy cultural. Hay que ser prudentes, ya que reírse de todo y reír todo el día puede llegar a ser un signo de superficialidad y de distanciamiento de la realidad, que indicaría lo contrario de aquello de lo que queremos hablar.

Pienso —y creo que no me equivoco— que Jesús supo compartir tanto la vida que contagiaba sonrisas a diestro y siniestro. Y sabemos que él no era ni superficial ni distante. Sabía llorar por la pérdida de su amigo Lázaro o ante el rechazo que le mostró la ciudad de Jerusalén. Sabía reír y compartir, pensamos que con facilidad, los momentos cotidianos. No sé —ojalá alguien me lo explique con calma— por qué los humanos somos de los que vemos más el vaso medio vacío que medio lleno. ¿Por qué el pesimismo se extiende con tanta facilidad y el buen humor tiene más dificultades para hacerlo?

La llamada a vivir la alegría también tiene su trasfondo bíblico. Los salmos son una muestra de ello: «Gozo y fiesta ante ti, a tu lado delicias para siempre» (Sl 16,11); también san Pablo, cuando se dirige a los cristianos de Filipos: «¡Vivid siempre contentos en el Señor! Lo repito: ¡vivid contentos!» (Fl 4,4). El buen Dios nos quiere felices, alegres, sonrientes.

Una Iglesia que sonríe de verdad entiende que ella no es el centro ni del mundo ni de sí misma. Su centro es Dios. Hay que reclamar con insistencia que una Iglesia feliz sonríe junto a quienes están en los márgenes de la vida. Feliz aquel que sabe contagiar una sonrisa al pobre, al enfermo o al abatido. Aunque parezca que hay más motivos para entristecernos que para alegrarnos, no queremos desfallecer en el camino de la vida. El drama alarma, preocupa, angustia y, porque es drama, se exagera, ya que toca lo más profundo de muchas personas y escenarios. Por el contrario, la sonrisa nos permite resituarnos, digerir las situaciones y es, en definitiva, una buena expresión de lo que significa vivir. Lo decimos, ni más ni menos, porque el hecho de reírse de uno mismo indica la aceptación de que nosotros no somos el centro, y eso tiene un nombre: humildad, la madre de todas las virtudes.

Anhelamos vivir como testigos de alegría. La sonrisa nos delatará —no lo dudo—. Nos lo recordaba el fallecido papa Francisco: «Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua». Seamos, pues, la Iglesia que vive la Pascua y, por tanto, aquella que sonríe. Más aún, seamos la Iglesia que, como María, acepta la petición del enviado de Dios: «Alégrate». La sonrisa de los pequeños y de los sencillos hace imparable la victoria de Dios.